Prejuicios |

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Einstein, quien era un físico notable, sin embargo es más recordado en la opinión pública mundial con algunas de sus ingeniosas frases como esa que decía: “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”, y el alemán: tenía razón. En vano uno intentará convencer de algo absolutamente racional cuando el prejuicio se instaló en el alma de una persona. Por más evidencias que demuestre se encontrará con un frontón que una y otra vez hará rebotar sus argumentos por más sólidos que sean. El ser humano es muy dado a creer desde la comodidad de sus prejuicios que animarse a ponerlos en confrontación tal vez porque esa labor acabe ridiculizándolo y dejándolo en evidencia. Nos pasa siempre y en todas las cosas. En la semana de las elecciones norteamericanas emergieron de forma más vigorosa los ataques a Biden por afirmaciones imposibles de sostener racionalmente y llevados al extremo de radicalizar aún más sus prejuicios para sentirse consolidado en sus creencias. Las teorías conspiraticias, a las que Trump ha sido tan propenso y que sus asesores reforzaron en campaña, bajaron a los territorios populares donde las afirmaciones disparatadas producían sonoras carcajadas o serias dudas sobre el homo sapiens que las disparaba. Claramente siempre es más fácil creer en las cosas sin sentido ni razón que afirmar algo que tiene la obligación de ser sostenida en los hechos. La patética “conferencia de prensa” de Trump donde dejó al descubierto todas sus limitaciones para un cargo tan importante que lo ejerció por casi cuatro años, debe ser un caso de estudio para los comunicadores, politólogos y especialistas en ciencias sociales. Acusó entre otras cosas a todos los ciudadanos de Filadelfia (la cuna de la independencia americana y de Benjamín Franklin) de corruptos para continuar posteriormente afirmar que había sido víctima de un fraude. Claramente, Trump no sabe perder y le cuesta mucho admitir sus deformidades y limitaciones que le devuelve el espejo de la derrota. Su arrogancia y desprecio le han pasado la factura con más de 4 millones de votos populares en contra y su absoluta falta de empatía ante los más de 240 mil muertos por Covid y la violencia racial acabaron por cobrárselo en las urnas. Es increíble que no supiera que todo eso era una carga pesada de levantar y tan siquiera llevarlo a pensar en ser reelecto. Los prejuicios hacia los mexicanos le llevó a afirmar que eran “asesinos y violadores” y miles de imprecaciones con similar tono de mentiras se repitieron en todo este tiempo. Nunca nadie mintió tanto desde la presidencia de los EEUU como Trump y esto tendría que tener un límite mas temprano que tarde. Su presidencia arrasó con el prestigio de su gran nación, confinó la ciencia a los albañales y se mofó de los límites institucionales de los que siempre presumió su país. Su presidencia le ha hecho un daño indeleble que llevará años repararla. Los prejuicios sacan lo peor de cada uno e impiden reconocer en el otro su alteridad. La pretensión de crear la ilusión de un país aislado ha ido en contra con el sentido de la propia identidad americana, insostenible incluso para el que es el nieto de un inmigrante alemán que abrió un prostíbulo en California. No es casualidad que los votantes con mayor y mejor educación votaran en su contra. Sus afirmaciones y comportamientos constituyeron un insulto a la larga tradición racionalista del país con la mayor cantidad de premios Nobel en el mundo y con las 80 mejores universidades del planeta. Trump ha sido la caricatura de un país fragmentado que deberá luchar fuertemente para poner las piezas juntas en los próximos años. Las sospechas y los prejuicios instalados se sostienen en frustraciones, marginaciones, escasa educación y pobreza. Contra todo eso votaron los norteamericanos en los comicios del martes pasado y revertirlos llevará mucho más tiempo que el recuento de los votos y las graves heridas que deja la administración Trump. Ojalá hayan aprendido los americanos.

Fuente -> http://www.ultimahora.com