La ética de la derrota |

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En el momento de escribir este artículo, el escrutinio de los votos de la elección norteamericana aún no ha concluido. Todo indica que el ganador es Joe Biden pero Donald Trump está haciendo lo imposible para descalificar dicho escrutinio y poder llevar la decisión del resultado a la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos. El comportamiento de Trump es lamentable desde todo punto de vista y la imagen que proyecta la democracia más antigua del mundo es francamente decepcionante. Esta situación me recuerda un reportaje que le hicieron hace muchos años al excéntrico pintor español Salvador Dalí, donde el entrevistador le preguntó cuál era su inclinación política, en una España dividida entre monárquicos y republicanos, división que les llevó a una guerra civil en 1936 con 500 mil muertos y que continua hasta nuestros días. La respuesta de Dalí fue “soy apolítico, pero si tuviera que elegir sería monárquico, porque la monarquía resuelve el único problema importante de la política: La sucesión” Tenía razón Dalí, porque si observamos lo que ha ocurrido a lo largo de la historia de todas nuestras repúblicas latinoamericanas, incluido el Paraguay, el gran problema siempre ha sido la sucesión del gobernante. En las dictaduras, el gobernante al ver el final de sus días casi siempre elegía como sucesor a su hijo, que en la mayoría de los casos era una persona timorata y con poco liderazgo y ésto llevaba al país a la anarquía o a un golpe de estado del mismo entorno palaciego… como sucedió en nuestro país con Stroessner. En las democracias -débiles como las nuestras- donde si bien está establecido en la Constitución que la sucesión se realice por medio de elecciones, generalmente el gobernante de turno se aferra al poder, intentando cambiar la Constitución para ser reelegido o poniendo a una persona títere de su confianza. Esto hicieron Menem y los Kirchner en la Argentina, Evo en Bolivia, Correa en Ecuador y aquí en nuestro país lo intentaron casi todos los presidentes. Estos intentos de modificar la Constitución para perpetuarse “democráticamente” en el poder o colocar a una persona de su confianza, ha sido la principal causa de todas las crisis políticas que hemos vivido en nuestra región. Una manera de superar el gran problema de la sucesión, es por medio del fortalecimiento de las instituciones que participan del proceso electoral. Una autoridad electoral fuerte e independiente, un sistema de financiamiento de campañas electorales que permitan conocer el origen de los fondos y un esquema de escrutinio de los votos rápido y transparente. Pero además de instituciones fuertes, en democracia necesitamos tener políticos que sepan ganar pero que también sepan perder, que sepan cómo llegar al poder pero que también sepan como dejarlo. Esta semana tuve el honor de dialogar con el ex presidente del Uruguay Julio María Sanguinetti que me comentó sobre una conversación con su amigo, el ex presidente español Felipe González, después de que este fuera derrotado por José María Aznar, en las elecciones más reñidas de la historia de España. Transcribo textualmente lo que le dijo Felipe González: “Perdimos y lo importante es la aceptación, asumir con normalidad y buen talante el pronunciamiento ciudadano que NO nos quita del escenario político, sino que apenas nos cambia de lugar. En la política es importante la ética de la derrota”. Lo que está ocurriendo en este momento en los Estados Unidos con la no aceptación de la derrota por parte de Donald Trump, pone al rojo vivo el enfrentamiento entre un político sin principios y sin la “ética de la derrota” con instituciones sólidas que fueron construidas a lo largo de más de 200 años. Creo que en los Estados Unidos y en el mundo vamos a vivir días tormentosos, pero tengo una gran esperanza de que finalmente se impondrán las instituciones.

Fuente -> http://www.ultimahora.com