Infectar a voluntarios con el coronavirus para probar vacunas: ¿necesario o poco ético?

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La urgencia sanitaria mundial creada por la pandemia ha desatado una carrera contrarreloj para obtener vacunas eficaces y seguras frente al virus. Por ello, desde marzo la comunidad científica debate la posibilidad de llevar a cabo ensayos de provocación. Es decir, administrar el patógeno a voluntarios sanos previamente vacunados para comprobar la eficacia y la seguridad de las vacunas y acelerar su puesta a punto.

La idea de llevar a cabo este tipo de ensayos se ha planteado en países como Reino Unido y Estados Unidos, en los que algunas vacunas contra la covid-19 se encuentran en etapas avanzadas de ensayos clínicos en fase III. En estos ensayos, miles de individuos sanos se someten voluntariamente a la administración de la vacuna o de un placebo. Posteriormente, se controla si aparecen diferencias en la incidencia de infección por el virus, la carga viral y el grado de afectación clínica entre los dos grupos. No obstante, la prueba definitiva de la eficacia de una vacuna consiste en comprobar que las personas vacunadas no padecen la enfermedad tras la exposición experimental al virus.

Base científica y potencial de los ensayos de provocación

Desde el punto de vista científico y técnico, este tipo de ensayos de provocación no son inéditos en la historia de la elaboración de vacunas. De hecho, la invención de la primera vacuna conocida, desarrollada por Edward Jenner a finales del siglo XVIII, ya incluyó un ensayo de provocación.

El médico inglés inyectó el virus de la viruela humana de forma deliberada a un niño al que anteriormente había suministrado un preparado procedente de pústulas de una granjera afectada por la viruela de las vacas. Esta es la razón por la que este procedimiento de obtención de inmunidad frente a la infección se conoce desde entonces como “vacuna”.

En cuanto al potencial de estos ensayos, además de la evidente aceleración en el proceso de desarrollo de una vacuna eficiente, con las mejoras sanitarias y sociales que eso conlleva, debemos añadir que este tipo de ensayos pueden ayudar a comprender mejor este nuevo virus y la forma en que se desarrolla la covid-19.

No obstante, para poder llevar a cabo estos estudios de provocación con garantías debería tenerse en cuenta una serie de consideraciones técnicas que redujeran los riesgos. Entre estas, se incluiría el reclutamiento de voluntarios sanos jóvenes, con bajo riesgo de desarrollar una forma grave de la enfermedad.

También se haría una vigilancia estrecha de los voluntarios, que quedarían aislados en un entorno sanitario en el que se pueda tratar de forma precoz y apropiada cualquier complicación que pudieran presentar. En este sentido, hay que tener muy en cuenta que algunos estudios previos realizados en animales de experimentación para el desarrollo de vacunas frente a otros coronavirus recientes como el SARS-CoV-1 y el MERS-CoV mostraron ciertos efectos patológicos inducidos por esas vacunas, que además eran más frecuentes en sujetos de edad avanzada.

Precisamente, la población más susceptible de desarrollar una forma más grave de covid-19 son las personas mayores de 65 años, y por lo tanto serían los primeros candidatos para recibir la vacuna. Este problema no quedaría resuelto con los ensayos de provocación, ya que se llevarán a cabo únicamente en personas jóvenes.

Fuente -> https://www.muyinteresante.es