El deseo de libertad

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En medio está la gente que tras sufrir una dura caída se recupera y no deja de proponer, reinventarse y lanzarse a nuevos retos en lo profesional y hasta social, como aquellos que siguen sosteniendo ollas populares, bolsas de trabajo, banco de alimentos, redes solidarias, entre otros. Y las preguntas que siempre queremos acallar, porque nos sacan de la comodidad, tienden a salir a flote: ¿Cuándo terminará esto? ¿Qué pasará si me contagio? ¿Será que tendré trabajo el próximo año? ¿Podrán mis hijos, sobrinos, nietos, continuar sus estudios? Y tantas más. “Estoy cansado, quiero ser libre, salir y respirar!”, me decía un amigo; una frase que la habremos escuchado en muchas ocasiones o incluso expresado nosotros a lo largo de estos meses de encierro. Y es que el deseo de libertad es uno de los que más fuerza ha cobrado en este tiempo: Queremos ser libres, buscamos sentirnos libres; al sentir que lo perdemos, más lo deseamos.Y nos percatamos de que se trata de un tema concreto, cotidiano, no filosófico, y que, por más que todos hablan de la ella, pocos la experimentan en realidad. Es así que podríamos poner nuestra esperanza de libertad en algún proyecto, que cuando se concreta pierde atractivo; una ideología, en el dinero o la eliminación de vínculos, lo que a la postre lleva a la soledad. “La libertad hoy es un bien tan precioso como escaso. Basta preguntarnos cuántos hombres verdaderamente libres conocemos. Existe un gran deseo de libertad, pero al mismo tiempo la incapacidad de ser libres verdaderamente, es decir, ser ‘uno mismo’ ante la realidad; así, mostramos una personalidad en el trabajo, otra con los amigos, otra diferente en casa ¿Cuándo somos de verdad nosotros mismos?”, reflexionaba el teólogo y docente español, Julián Carrón, en el Meeting de Rimini sobre el tema La libertad es el mayor bien que los cielos han dado a los hombres, agregando que muchas veces las circunstancias nos ahogan sin saber cómo ser libres de ellas, a no ser que mejoren o cambien las cosas. En un contexto de restricciones y distanciamiento social; en medio de ideologías que propugnan la violencia como forma de alcanzar la libertad, vale plantearse un trabajo educativo sobre qué significa ser libres verdaderamente. No es sencillo, es un proceso, un esfuerzo a título personal. Para alcanzar este valor y experimentarlo en el cotidiano no bastan las leyes, las movilizaciones populares, la aceptación de tal o cual candidato político; hace falta, más bien, una mirada seria, sincera y respetuosa hacia uno mismo, hasta el punto de reconocer y aceptar cuán poco libres somos en realidad y cuanto necesitamos serlo para crecer y realizarnos como personas. Y en este punto tenemos a nuestro favor que todo ser humano tiene una especie de grito interior, una nostalgia profunda de libertad que le mueve; algunos pensadores lo llaman “corazón”, otros “ley natural”; un conjunto de exigencias que no se deja engañar; puede adormecerse por las circunstancias, quizás extraviarse por las distracciones y ruidos, pero nunca apagarse. Es como un hombre sediento en medio del desierto. No cesará de buscar alguna fuente de agua y lo hará hasta el último suspiro, y bastará unos pocos indicios para intuir dónde está la fuente que le permitirá sobrevivir; quizás el encuentro con una persona más libre que uno; un libro que reavive el deseo, tal vez una situación de dolor, la pregunta del niño, una mano generosa, un amigo. Desear ser libres y ser consciente de ello, es el primer paso. El siguiente será estar atento a una respuesta digna para ir en su búsqueda.

Fuente -> http://www.ultimahora.com