Una escuela para perpetuar el arte del ao po’i – ABC Revista

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Yataity siempre ha trascendido como la ciudad del ao po’i. En la zona no hay quién esté exento de alguna relación al menos lejana con esta artesanía; la tía, la hermana, la abuela o la prima de cada habitante es, probablemente, bordadora o vendedora de prendas o manteles adornados con esta técnica. Pero la realidad es que, si bien el bordado de puntos de ao po’i está bastante en auge, el auténtico tejido no corre la misma suerte. El tejido en telar rústico ya solo lo realizan tres ancianas del pueblo, cuentan los lugareños, por lo que si no se forma a más personas en la actualidad es una práctica que podría extinguirse rápidamente.

De la mano del Instituto Paraguayo de Artesanía (IPA) se pretende instruir a cada vez más personas de la zona, interesadas en el amparo de una técnica muy representativa del Paraguay.

Tejido de ao po’i y bordado de ao po’i

María del Carmen Gauto tiene 37 años y es oriunda de Yataity; se dedica íntegramente a la enseñanza del completo proceso del telar de ao po’i y cuenta que empezó a bordar ao po’i ya a los 7 años en el Servicio de Promoción Artesanal, que dependía del Ministerio de Industria y Comercio.

En 2004, en plena formación del IPA, se capacitó en telar rústico y cuenta que fue su tía la artesana quien la entrenó. Hasta hace poco María del Carmen estaba inmersa en un proyecto de enseñanza del telar rústico en un colegio de la zona, al que chicos y chicas de séptimo a noveno grado podían acceder. Hoy, sus alumnos en el IPA, filial Yataity, son mayores de 18, pero cuenta que también tuvo una alumna de 7 años. En su mayoría son mujeres, pero también se anotó un varón. “Las personas de más edad se inscriben para aprender el hilado, ya que el bordado se les va dificultando por la vista”, comenta la profesora.

“Se dice que cuando el doctor Gaspar Rodríguez de Francia aisló el país y, a causa de ello el Paraguay tuvo que autoabastecerse, en la parte textil las mujeres se ingeniaron para hilar; plantaron el algodón y tejieron en sus telares rústicos en sus casas”, narra la artesana sobre el origen de este oficio y aclara que el ao po’i auténtico es la tela rústica cuyo hilado fue hecho a mano y tejido en el telar rústico, y el bordado de ao po’i es otra artesanía, que se puede hacer sobre una tela industrializada.

Ao po’iete

Cuenta la experta que para el ao po’iete utilizan algodón orgánico que las artesanas plantan en sus jardines, tanto el blanco como el rojo. Adelanta que ahora también se está elaborando un proyecto para la utilización de tintes naturales.

“Por lo general, para lo que más se usa el ao po’i auténtico es para los manteles, pero ahora se está revalorizando también para la elaboración de prendas de vestir, como la camisa Mariscal”, dice.

Esta camisa tiene un bordado con “punto real”, en honor al mariscal López, porque se dice que artesanas hilaron, tejieron y bordaron esta especie de chomba para el mandatario. También agrega que, en los tiempos de la Guerra de la Triple Alianza, el tejido del que hablamos en esta ocasión se utilizaba para vendajes de los heridos.

En cuanto a la enseñanza, la maestra explica que aprender a bordar llevaría casi dos semanas; aprender el montaje del telar otras tres semanas, y la parte del hilado aproximadamente un mes, ya que son diferentes destrezas.

Los puntos

La maestra artesana Antonia Arias (60), nacida también en Yataity, relata que aprendió a bordar a los 7 años, con su mamá. “Es una artesanía que llevo en la sangre y en el corazón. Es un sentimiento, y a esta artesanía le debo todo lo que soy”, dice y añade que gracias al bordado de ao po’i se pudo costear sus estudios y todo lo que necesitó en la vida. Actualmente es la encargada de la filial Yataity del IPA y lleva toda una vida enseñando y creando. Gracias a esto conoció muchos lugares y personas y llevó esta artesanía también muchas veces fuera del país.

Antonia refiere que los puntos de bordado del ao po’i nacieron para darle más vida a las telas, como un adorno. En Yataity –comenta– este siempre fue un modo de sustento para las familias y ya desde pequeños casi todos aprenden a bordar; además, según dicen, los índices de mendicidad son prácticamente nulos y casi no se conocen suicidios en la zona, lo que los lugareños atribuyen al bordado, puesto que se trata también de una terapia ocupacional que, además, sirve como fuente de trabajo. “Cuando uno hace esto no tiene tiempo de pensar en cosas negativas”, sostiene Antonia.

Los puntos tradicionales son aproximadamente treinta y en su mayoría tienen nombres en guaraní. Son muy ricos culturalmente, ya que por lo general están inspirados en nuestro entorno y nuestras tradiciones. Antonia explica que todos los puntos se generan a partir de la flor del jazmín, que es el bordado básico, el primero que se enseña porque con él se aprende a aumentar y disminuir y ver la trama de la tela. “Esto se hace estrictamente siguiendo la trama de la tela y contando los hilos. No podés equivocarte un solo hilo”, afirma la instructora.

Otros puntos son el arasape, ysyry, la estrella, el lucero, el ju’iru pi’a, el typycha, el ñandu pysã, entre otros. Entre los deshilados se citan el arrocito, el avati poty, el rombo y otros que ni siquiera tienen nombre, ya que varios surgieron de la imaginación de cada artesana que va proponiendo nuevas formas.

“Es común que en otras comunidades se conozca con otros nombres el mismo bordado” y ello se debe quizá a que estos puntos no están registrados.

La especialista describe que antes los puntos eran muy específicos para ciertos usos; los del mantel no se usaban por nada del mundo para una camisa, por ejemplo. “Anteriormente, el búlgaro, que es un punto muy tradicional, se usaba solamente para la camisa de los músicos”, aclara. Hoy en día, gracias a que varios diseñadores de moda están revalorizando estas artesanías, se ve una mayor amplitud de mercado y los puntos se fueron adaptando a otros usos.

“Es necesario innovar, de lo contrario ya no se vende; las mismas cosas de siempre ya no gustan”, manifiesta.

La maestra agradece que en los últimos años hayan podido contar con capacitaciones en la confección de las prendas, con lo que los productos de la zona fueron mejorando en cuanto a estandarizaciones de tamaño, cortes, etcétera. “También se logró que las artesanas estemos asociadas en comités, asociaciones, en red, en cooperativas; estamos más organizadas y con papeles en regla, inclusive con carné de artesanos que nos acreditan”.

El proyecto de la escuela

Andrea Vázquez, directora general de Desarrollo del IPA, cuenta que el proyecto de las Escuelas de Salvaguarda nació en 2018 y se empezó a implementar al año siguiente con la primera escuela, que fue la del poncho de 60 listas en Piribebuy con la maestra artesana Rosa Segovia.

La del auténtico ao po’i es la segunda escuela que se abre y tuvo su inauguración en octubre pasado, en plena pandemia.

La institución funciona sin ningún costo para los estudiantes, quienes asisten dos veces a la semana. El objetivo es que al terminar el curso los alumnos puedan contar con todas las herramientas necesarias para continuar con este símbolo cultural. El proceso completo del curso que están impartiendo ahora terminaría en tres meses y la idea es que más adelante puedan ofrecer otros talleres. “La intención de la Escuela de Salvaguarda es que en esta comunidad esto no se pierda”, dice y agrega que más adelante sí podría estar en los planes enseñar la técnica a quien quiera aprender en cualquier rincón del país, pero la urgencia se daba primero en la que se considera cuna del ao po’i.

El recinto

En una típica casa de la zona tiene sede la Escuela de Salvaguarda del ao po’i. El lugar también funciona como una especie de museo y galería en el que se puede observar todo lo relacionado a esta artesanía. En exhibición se muestran unos 15 puntos tradicionales del bordado de ao po’i, ejemplos de prendas y manteles adornados con esta técnica, un gran telar rústico y un par de minitelares, así como también muestras de algodón, hilos y otras curiosidades. También tienen piezas históricas, de más de 50 años, que fueron bordadas en Yataity.

La construcción de los telares fue hecha íntegramente por carpinteros de Yataity.

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Instituto Paraguayo de Artesanía

@institutoparaguayodeartesania

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Fuente -> http://www.abc.com.py