Tristeza COVID, la nueva pesadumbre

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La tristeza no es depresión

Esto que nos está pasando es la tristeza COVID. Y no hay que confundirla con una depresión o cualquier otro trastorno mental, como algunos rápidamente auguran cada vez que hay una crisis. “Hay personas deprimidas pero yo vengo para saber algo más del por qué” me explica M. en la consulta.

La tristeza es un problema cuando nos ahorra las preguntas y los porqués, alejándonos del saber. Por eso, el psicoanalista Jacques Lacan le oponía, como antídoto, el gay savoir (el “saber alegre”), resultado del atrevimiento de cada uno en manifestar eso que le pone triste. Y decirlo de tal manera que, sin aspirar a comprender por completo sus causas, le abra nuevos interrogantes sobre su deseo alegre de vivir.

La clave está en pasar de la impotencia –el sentimiento que nos abruma por aquello que no podemos hacer– a la imposibilidad –el reconocimiento de que hay cosas imposibles–, sin solución programada. Un padre o una madre no pueden explicar los misterios de la sexualidad a sus hijos, no porque sean incapaces o ignorantes, sino porque la sexualidad no se enseña, se experimenta subjetivamente.

Igual ocurre en la terapia psicológica, donde no todo es ‘curable’ porque, más allá de las capacidades y potencias del clínico, lo que cuenta es el consentimiento del paciente. Él decide el límite de lo posible. Darse contra el muro de la impotencia conduce a la pesadumbre. Aceptar los límites permite, en cambio, hacer lo posible en cada caso.

Hace falta tiempo y esfuerzo para sacudirse la tristeza, y no nos sirve la letanía de la autoayuda. Se trata más bien de no quedarse en la parálisis del acto ni en el ensimismamiento de lo virtual, rechazar la nostalgia –siempre engañosa– y favorecer los encuentros presenciales. Todo ello sin renunciar a los placeres cotidianos ni a los proyectos previstos (aunque ajustemos los objetivos iniciales), aplicando las medidas preventivas necesarias.

La tristeza nos empuja a separarnos de la vida, como ese tren sobre el que fantaseaba L. Y, aunque al gran Antonio Carlos Jobim, uno de los padres de la bossa nova, le parecía que, a diferencia de La felicidad, la tristeza no tenía fin, lo cierto es que él encontró la buena y poética manera de traducirla. De eso se trata, de hacer algo con ella en el tiempo que nos queda hasta el fin de la pesadilla COVID.

Fuente -> https://www.muyinteresante.es