Tilingo

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Donald Trump es una mezcla y síntesis de Cartes y Lino Oviedo. Del primero tiene la arrogancia del dinero y del segundo la hilarante expresión de una personalidad desbordada que no cabe ni en su propia piel. Llegó a la presidencia casi por azar tomando al partido republicano como escudería, pero sin principios, razones ni argumentos de esta agrupación política. Los seguidores del partido fundado por Lincoln —que se moriría de vergüenza si estuviese vivo— no tuvieron otra opción que apoyarlo ante una representante del establishment en toda su dimensión: Hillary Clinton. Estuve el día de su elección en Nueva York y a la medianoche ni una mosca volaba alrededor de su cuartel general ubicado en un hotel cercano al Central Park. A las dos y media de la madrugada cuando se confirmó su triunfo, empezaron a llegar en números modestos comparados con la multitud que esperaba la victoria de Hillary en el downtown Manhattan. Fue una gran sorpresa incluso para él. De hecho, había sido derrotado como ahora contra Biden por más de tres millones de votos populares, pero obtuvo triunfos sorprendentes en Estados del cinturón industrial fuertemente golpeado por el cierre y traslado de fábricas hacia China y otros destinos. Trump era un personaje del reality que nunca dejó ese carácter ni cuando tomó posesión como presidente de la nación más poderosa del mundo, la más rica económicamente y militarmente sin rival. La nación que se presentaba como la síntesis de los grandes valores de la democracia liberal. La que creía en sus instituciones por encima de la personalidad atrabiliaria de algunos de sus líderes. Todo eso se llevó la presidencia de Trump con un último acto desgarrador, violento e insultante. Uno que colocó a su país entre las aborrecidas y despreciadas republiquetas bananeras. El daño que deja la tilinguería de Trump es inconmensurable que Biden tiene la obligación de restaurar su democracia hecha añicos. Trump será despedido en diez días más de una Casa Blanca a la que ha insultado de manera reiterada. Un presidente sin códigos ni protocolos. Sin ideas para colocar a su país en derroteros ciertos que se compadezcan con su rica tradición de conocimientos y ciencias. La despreció y eso le viene costando a su país más muertos que cuatro guerras de Vietnam juntas. Entre su arrogancia despreciable y sus gestos insultantes se va uno de los periodos presidenciales más aciagos en la historia norteamericana. El mismo lugar donde hace cuatro años juraba como presidente mostró hace unos días a una turba violenta movida por un irresponsable incendiario que como un Nerón moderno veía cómo se incendiaba de odio uno de sus templos icónicos de su democracia. Su gesto y gobierno nos demuestran que no hay democracia exenta de tilingos que puedan acabar con ella. Hay que estar siempre alertas contra ellos. No tienen límites y se consideran por encima de la ley. Abusan de la ignorancia de millones afirmando estar luchando contra cuantos fantasmas inventados y alucinados que vayan creando al paso de sepultar a un legendario partido republicano que se equivocó al apoyarlo. Gran tarea le queda a Biden para reconstruir su país. Su legado debe estar enderezado hacia ese único propósito. Tiene profundas heridas internas y una grandiosa desconfianza exterior. Lo que deja el paso del tilingo es que cuando uno igual pretenda la presidencia habría que reclamarle como Peter Romero a Lino Oviedo: credenciales democráticas, porque si no las tiene, son capaces de quemar el Congreso y de matar a un joven activista en su local partidario comprando a su paso al que se le pusiera enfrente. La democracia tiene que consolidarse en auténticos demócratas dispuestos a sancionar a corruptos, delirantes, delincuentes y tilingos. Si no lo hace terminará sepultada.

Fuente -> http://www.ultimahora.com