Sobrevivir a la “Carretera de la muerte” en bici – ABC Revista

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Esta aventura arranca muy temprano y el objetivo es atravesar uno de los caminos más peligrosos del mundo. Obviamente, les comentamos una experiencia vivida a inicios de la pandemia. Por ahora, repetirlo tendrá que esperar a que la humanidad se reponga.

Era una mañana de marzo de 2020 en La Paz. A las 07:05 llegó la guía del tour a la puerta del hostal. El minibús estaba a unas cuadras y nos advirtió: “Afuera hace frío”. ¡Tal cual! Los 5 °C de esa mañana en la capital boliviana penetraban el abrigo a 3.600 msnm. Se hizo obligatorio llevar un poco de hoja de coca a la boca para masticar.

Tras sortear el caótico tráfico mañanero de la ciudad llegamos a la agencia donde nos dieron una campera y pantalones térmicos, casco protector, coderas y rodilleras. Con las indumentarias puestas, nos distanciamos de la urbe.

La Ruta Nacional N° 3 nos alejó de La Paz y del vaivén de su gente, dirigiéndonos hacia la cuenca amazónica de la cordillera de los Andes. Por la altura, las nubes estaban al alcance de las manos.

El viaje hasta el punto de partida no solo era interesante por el paisaje, por la cadena de montañas grisáceas en el horizonte, sino también por la compañía. Varios latinos y europeos.

A las 9:00 llegamos a “La Cumbre”, a unos 4.700 msnm. El golpe del frío y la belleza del entorno a esta altitud se habían conjugado para hacer difícil describir lo que se experimenta al bajar del bus: la celeste Laguna Estrella nos ofrecía el reflejo de los picos nevados al norte. Al sur, no distante de este punto, la estatua de Cristo observaba fijo al horizonte, hacia la ciudad de La Paz, como resguardándola de eventuales males.

A las instrucciones de seguridad siguieron la entrega de las bicicletas mountain bike, de acuerdo con la estatura de cada ciclista. Nos dejaron en claro que a medida que vayamos descendiendo la temperatura irá de muy frío hasta alcanzar el calor abrazador de la selva. Y así en unos minutos empezó lo que todos esperaban: avanzar sobre la “Carretera de la muerte”.

Descenso a alta velocidad

El primer tramo es un asfalto de 21 kilómetros de ruta transitada por automóviles y camiones, en una pendiente entre imponentes montañas cubiertas de nieve y nubes. La adrenalina subía al bajar “como bala”. No podíamos olvidar algunas frases de los guías, como “usen los dos frenos y no confundan el delantero con el trasero”. ¡Eso sería una tragedia!

El minibús acompañaba al grupo como logística ante eventuales percances.

Pese a que recomendaron concentrarnos en la carretera, era imposible dejar de mirar el entorno. Afortunadamente cada 10 minutos de pedaleo parábamos para descansar y tomarnos fotos. Las montañas Jamp’aturi y Kak’ani posaban para nosotros en el trayecto.

Completado el trecho llegamos a un pequeño poblado llamado Unduavi, con refrigerio y pausa de 30 minutos para recuperar el aliento. El intenso frío se había ido y los abrigos ya incomodaban en el primer tramo de “calentamiento” para la “Carretera de la muerte”.

En Unduavi, hicimos otros 11 kilómetros en minibús cuesta arriba hasta llegar al camino de los Yungas.

“Bienvenidos”

“Bienvenidos a la verdadera ‘Carretera de la muerte’”, dice el guía en tono desafiante, apuntando con la mano hacia un estrecho y zigzagueante camino rocoso de 44 kilómetros que parecía extenderse hacia la nada.

Los rayos del sol lentamente disolvieron la neblina. Estábamos a 2.700 msnm en un ambiente subtropical. Los picos nevados fueron suplantados por montañas boscosas que cubrían el horizonte.

Desde aquí la ruta era peligrosa. Había tramos en los que el camino solo tenía tres metros de ancho, copado por piedras que pueden volcar a los ciclistas y precipicios de hasta 900 metros a los lados. Otro dato particular: pese a los barrancos, aquí no existen guardacarrilles.

En este tramo se transita “a la inglesa”; es decir, por el carril izquierdo. ¿La explicación? Al circular al lado de las montañas, en cualquier momento podría caer alguna roca sobre uno, así que, por precaución, es más “seguro” pedalear cerca del abismo. Además, permite al conductor del lado izquierdo, al cruzarse con otro rodado, tener mejor vista de los límites del tramo antes del barranco.

Había también paradas y una buena ducha para seguir.

“Venganza” de los paraguayos

Los primeros minutos fueron emocionantes. El camino a desnivel hacía trabajar todo el cuerpo, pese a los innumerables golpes que absorben los amortiguadores de la bicicleta. Por instantes la travesía se convirtió en una competencia para saber quién llegaba primero a la próxima parada.

Las constantes curvas cerradas y enormes rocas que minan el trayecto nos hacen recordar los cientos de accidentes fatales que ocurren en este lugar cada año, y que obligaron al Gobierno a prohibir la circulación de vehículos desde el 2006. Por eso esta ruta se había ganado el mote de la “Venganza de los prisioneros”.

Y es así. Este camino fue construido en la década de 1930 por soldados paraguayos que fueron tomados como prisioneros durante la Guerra del Chaco. Más de 2.000 compatriotas cayeron en manos del Ejército boliviano entre 1932 y 1935 y fueron traídos a La Paz para hacer trabajos forzosos, como el camino sobre el cual pedaleamos ahora.

Hora de la ducha

Pasado el mediodía llegábamos ante una obra de arte de la naturaleza: la cascada San Juan. Sus aguas caían como blanca seda desde unos 200 metros de altura, empapando parte del camino. Era el “manantial” que refrescaba a los ciclistas, agobiados por la distancia recorrida y el abrazador calor de la selva de los Yungas.

Paradójicamente a su encanto natural, el camino de los Yungas guarda una historia tétrica: en esta parada turística hay una cruz de cemento anclada al costado del tramo, en memoria de los cientos de fallecidos en diversos accidentes de tránsito a lo largo del tiempo.

El equipo recomienda tomar una ducha para seguir por la “Carretera de la muerte”. Para nuestra sorpresa, ¡era pasar en bicicleta debajo de la cascada!

El agua fría en la selva boliviana fortalece las piernas y el ímpetu para avanzar los próximos kilómetros hasta el fin del camino adonde llegamos minutos antes de las 2:00 de la tarde.

En la meta, un gran cartel de madera anuncia la finalización de la “Carretera de la muerte”. Fueron unas cinco horas de pedaleo por un trazado retorcido e imposible, con variaciones en la condición del tiempo.

Tras un desnivel de 3.600 metros se llega al pueblo de Yolosa, casi sin aliento. Un verdadero banquete y una gran pileta ayudan a hacer nuevas amistades antes de retornar a La Paz.

[el dato]

El tour ronda los 450 bolivianos (unos G. 415.000 al cambio a fines marzo de 2020), e incluye atuendos, bicicleta, refrigerios, transporte, fotografías y souvenir.

[email protected]

Fotos: Gentileza.

Fuente -> http://www.abc.com.py