Sin hurreros no es convención

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El ritual de la convención partidaria es un momento crucial en la vida de los partidos políticos. Es, de hecho, su máxima autoridad y el ámbito legítimo de toma de decisiones importantes. La práctica asamblearia tiene connotaciones no solo políticas, sino sociales y educativas. En los recintos en los que discursean los líderes, también se reencuentran los correligionarios, se reavivan antiguos amores o resquemores y se aprende el arte de la lucha voto a voto. Una convención partidaria es un fetiche de reafirmación identitaria. Por eso, su silueta no puede ser diferente a los valores y costumbres del colectivo humano allí representado. Las de nuestros partidos tradicionales ofrecen casi siempre la simpática postal de una abigarrada multitud vestida con ropas rojas o azules, ornamentada con llamativos pañuelos y sorbiendo desesperadamente bombillas de tereré para alivianar el calor sofocante. Con el paso de las horas, quienes hacen uso de la palabra se dirigen a una marea humana con atención dispersa que se mueve en grupos para conversar, ir al baño o comer algo. Igual, los discursos suelen ser poco entendibles, sea porque el equipo de sonido es invariablemente horrible, sea porque una batucada estridente acalla al orador adversario o sea porque el caudillo propio no puede hilar dos ideas tras ser interrumpido por épicos hurras. Pero todos saben que en cualquier momento la reunión volverá a ponerse interesante por algún moquete grupal o una lluvia de sillas voladoras. Un día llegó el coronavirus y empujó a todos al mundo digital. La migración fue posible cuando se trataba de grupos pequeños. La reproducción del principio deliberativo ha funcionado, por ejemplo, para las sesiones de las cámaras del Parlamento. Pero presenta obstáculos difícilmente salvables cuando se trata de afrontar discusiones de alcance nacional que involucran a centenares de personas, todas con derecho a pedir la palabra. Con una diferencia de una semana, los dos principales partidos del país han convocado a discutir temas complejos y aburridos para el afiliado común, pero de alto interés para sus movimientos internos. Los colorados realizan hoy su convención con la participación virtual de 1.137 delegados. Como si fuera lo más normal del mundo, contaron que Horacio Cartes pagó la mayor parte del costo de la moderna plataforma que permitirá que los convencionales se escuchen. No será lo mismo, pues no se verán todos en simultáneo y cuando pidan la palabra tendrán que rezar para que algún invisible administrador se la conceda. Este tipo de asambleas no presenciales funciona a duras penas cuando todo el partido está de acuerdo con lo que se va a discutir. Ejemplo: Las convenciones de los partidos Demócrata y Republicano en los Estados Unidos para declarar a Biden y Trump como sus respectivos candidatos oficiales. Pero lo que discuten los colorados no tiene demasiada unanimidad. La prórroga del mandato propuesta por Añetete y Honor Colorado cumpliendo la hoja de ruta marcada por la Operación Cicatriz tiene enfrente muchas voces críticas. La cuestión es complicada tanto desde lo jurídico como desde lo político. Merecería un amplio y transparente debate, justo lo que la actual tecnología del mundo virtual no puede ofrecer. Y, por lo menos esta vez, la culpa no la tiene la dirigencia colorada sino la pandemia. Igual, esto va a terminar con mucha gente enojada y una dirigencia acusada de violar normas constitucionales. En unas horas más se enfrentarán al mismo problema los liberales que, fieles a su tradición, experimentarán otro invento de consulta popular: Asamblea virtual pero votos con papeleta. Alguien dijo que eso no era una convención sino un referéndum kachiãi. Pero, bueno, tampoco hay que culpar a la dirigencia liberal, sino al virus. Lo único claro es que discutir por computadora es muy tedioso. Definitivamente, sin hurras no hay convención.

Fuente -> http://www.ultimahora.com