Quino, el filósofo que interpeló al sistema desde las tiras cómicas

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Mafalda fue mi maestra de filosofía. Debería ser un libro obligatorio, pero no solamente en los colegios, ¡en las universidades!”, exclamó en octubre de 1998 el gran escritor portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura, cuando se encontró con Quino en la Feria del Libro de Frankfurt, Alemania. Casi tres décadas antes, en 1969, otro gran escritor y pensador, el italiano Umberto Eco, ya había dicho que Mafalda es “una heroína de nuestro tiempo”, al prologar el primer libro de Quino para lectores europeos. “Mafalda refleja las tendencias de una juventud inquieta que asume aquí la forma paradojal de disidencia infantil, de esquemas sicológicos de reacción a los medios de comunicación de masas, de urticaria moral provocada por la lógica de la Guerra Fría, de asma intelectual causada por el Hongo atómico. Ya que nuestros hijos van a convertirse –por mérito nuestro– en otras tantas Mafaldas, será prudente que la tratemos con el respeto que merece un personaje real”, proponía el autor de El nombre de la rosa. Pocas veces un personaje de historieta cómica se vuelve un símbolo para varias generaciones. Pocas veces un dibujante de caricaturas –generalmente considerado “arte menor”, infantil o puro entretenimiento– es reconocido por grandes intelectuales en la categoría de filósofo. Joaquín Salvador Lavado Tejón, nacido en Mendoza, Argentina, el 17 de julio de 1932 y fallecido este miércoles 30 de setiembre, a la edad de 88 años, en su misma ciudad natal, más conocido como Quino, el apodo familiar con que firmó todas sus obras con una inconfundible caligrafía, se ha ganado el respeto y cariño de millones de lectores en el mundo durante más de cinco décadas, considerado un pensador capaz de interpelar al sistema con historias narradas en pocos cuadritos dibujados. UNA OBRA QUE VENCE AL TIEMPO –¡Sunescán! ¡Daluna buso! –se escucha la voz fuera del cuadro, con el sonido de la puerta que se golpea. –¿Y eso? –pregunta la pequeña Libertad, sorprendida. –“Es un escándalo, un abuso” en dialecto de madre volviendo del mercado –explica Mafalda, sentada en el piso, sin dejar de leer la revista de historietas. En apenas tres cuadros, sin hacer ningún discurso deliberadamente político, recurriendo a lo que se denominaba “humor inteligente”, Quino interpelaba al sistema que oprimía a la clase media argentina en los años 60 y 70. Aquella tira, una entre las 1.928 de Mafalda que dibujó y publicó durante diez años, se volvió un clásico y la peculiar frase de la mamá se volvió una consigna utilizada hoy, 50 años después del nacimiento del personaje, con el hashtag #sunescandalounabuso en Twitter para reclamar ante cualquier injusticia. “La importancia de Quino sobrepasa el mundo de la historieta o el humor gráfico. Era un pensador que se expresaba a través de dibujitos con globitos, pero reducirlo tan solo a eso no sería justo. Alguien me dijo que era un sabio, Saramago decía que era un filósofo. Esencialmente era un humanista, un tipo muy comprometido políticamente contra el autoritarismo, las dictaduras y el poder nefasto de las religiones, como hijo de andaluces de raigambre republicana y anarquista”, dijo Daniel Divinsky, su principal editor, al diario Página 12 de Buenos Aires. Mafalda en Paraguay Los primeros álbumes de Mafalda llegaron a finales de los años 60 a los kioskos de Asunción, entre ejemplares de otras historietas argentinas, como Paturuzú, Locuras de Isidoro o los álbumes D’artagnan, El Tony o Fantasía, que publicaban las series de aventuras escritas por nuestro compatriota Robin Wood. Los censores de la dictadura, felizmente iletrados, no percibieron el carácter subversivo de las tiras. Eran consideradas “literatura infantil” y pudieron circular libremente. Cuando se dieron cuenta, ya fue muy tarde. Mafalda se había metido en la mente y en el corazón de muchos lectores y lectoras locales. Numerosos testimonios de seguidores y seguidoras en Paraguay, leídos en estos días en las redes sociales, ante la muerte de Quino, reconocen que la lectura de aquellas tiras, como la de otros tantos libros de Quino, han sido claves para formar una conciencia crítica ante el autoritarismo y enfrentar a la dictadura, como a las injusticias en el posterior tiempo de pretendida democracia. Tuvieron que pasar 53 años para que Mafalda hable guaraní, la primera lengua indígena a la que fue traducida, tal como narra María Gloria Mburukuja Pereira. Quino nunca pudo visitar el Paraguay. Cuando lo invitaron en 2017 para presentar aquí la colección editada por Servilibro, dijo que sí, que le encantaría, pero su deteriorada salud ya le impedía hacer viajes largos. Demostró su fascinación por el experimento de su niña hablando nuestra lengua. Ya no lo podremos tener en presencia física, pero Mafalda y sus amigos vinieron a quedarse, desde aquellos años represivos en que nos enseñaron a pensar y a actuar críticamente. Quién no ha identificado a Manolito en el almacenero del barrio, quién no se ha topado con tanta Susanita en nuestra sociedad, quién no ha experimentado la torpeza de Felipe, la ternura de Miguelito, la rebeldía de Libertad. Quién no ha temido al “palito de abollar ideologías”. Quién no ha exclamado “¡sunescán! ¡Daluna buso! O “¡paren el mundo, que me quiero bajar!”. Y más que nada, lo que Quino hizo decir a Mafalda, parada sobre su sillita, ante el intento de golpe de los militares argentinos carapintadas en la Semana Santa de 1987: “¡Sí a la democracia! ¡Sí a la Justicia! ¡Sí a la Libertad! ¡Sí a la vida!”.

Fuente -> http://www.ultimahora.com