¿Por qué nos gusta pasar miedo?

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Helen Fisher, bióloga de la Universidad Rutgers, en EE. UU., recuerda que nuestro organismo está preparado para activarse ante lo diferente, ante aquello que no podemos etiquetar con facilidad. Dopamina, serotonina, testosterona, estrógenos… Todo el circuito hormonal se pone en marcha ante la incertidumbre. La fuerza de este fenómeno se explica por nuestra propia curiosidad: el otro es un desconocido a cada instante. Cuando escuchamos un relato fantástico, hay zonas oscuras de los protagonistas que nos atraen sin saber lo que contienen. Por eso, desde las obras de Lord Byron hasta las modernas películas de la saga Crepúsculo, pasando por La mujer pantera (1942) y otros clásicos, el erotismo forma parte de la diversión. Sus perversos protagonistas despiertan a la vez repulsión y pasión.

Pero ¿pueden convivir dos sensaciones tan distintas? Todos sabemos que sí: llevar a la pareja a ver una película de terror ha sido una de las tácticas más clásicas de acercamiento. Los científicos Joel B.Cohen, de la Universidad de Florida, y Eduardo B. Andrade, de la Universidad de California en Berkeley, han estudiado esta ambivalencia emocional. Sus resultados indican que se pueden experimentar simultáneamente sentimientos positivos –atracción erótica, amor– y negativos –temor, repulsión–. De hecho, los grandes hitos de nuestra vida, desde el último examen de la carrera hasta el nacimiento de un hijo, nos suscitan a la vez inquietud y alegría.

En 1932, el antropólogo británico Pat Noone se encontró con la tribu de los senois mientras exploraba la península de Malasia. Observó en ellos una forma de vida pacífica y feliz, basada en el afrontamiento colectivo de los miedos. Noone descubrió que lo que fundamentaba la cultura senoi era el ritual de compartir y discutir sus sueños cada mañana. Creían que los personajes que aparecen en ellos eran los espíritus de animales, plantas, árboles, montañas y ríos. Por medio de su amistad con dichos entes, supuestamente aprendían cosas que nunca conocerían por medio de sus sentidos.

Así, cuando un niño soñaba que era perseguido por un animal y se despertaba aterrorizado, su padre le animaba a que hiciera frente a su perseguidor en otro sueño. Si la criatura era muy grande y el pequeño no se atrevía a plantarle cara, le aconsejaba que llamara a sus hermanos, padres o amigos. De una u otra forma, esta idea está también presente en nuestra cultura: las historias y experiencias perturbadoras nos enseñan mucho sobre nosotros.

Viaje sin retorno

El aprendizaje fuera de peligro es usado por muchos expertos para argumentar por qué pervive la costumbre cultural de pasarlo bien con el miedo. Michael David Rudd, profesor de la Universidad de Utah, es uno de ellos: defiende que cuando vemos una película de terror somos plenamente conscientes de que el riesgo real es nulo. Por eso comemos palomitas a la vez que gritamos. Rudd también intenta explicar la razón de que haya individuos incapaces de disfrutar con este género. Según su hipótesis, estos no pueden permitirse pasar por el trance porque sienten que sí existe un peligro: pesadillas, estado de ánimo depresivo, problemas psicológicos…

Por eso, muchas tramas se resuelven en una confusión entre verdad y ficción. La exploración de estos territorios resulta útil mientras sea un viaje de ida y vuelta. Es tradicional en psicología hablar del riesgo que supone para las personas con vulnerabilidad psicótica –tendencia a confundir fantasía con realidad– adentrarse en ámbitos terroríficos.

Escribe Stephen King en su ensayo Danza macabra (1981): “Horror, terror, miedo, pánico; esas son las emociones que nos llevan a salirnos de la multitud y nos hacen sentir solos. Las melodías de las historias de horror son simples y repetitivas, y son melodías de inestabilidad y desintegración. Pero la paradoja es que el ritual que surge de estas emociones parece hacer retornar las cosas una vez más a una situación más estable y constructiva”. Precisamente, la indefensión ante esos mundos inquietantes es un tema típico de la narrativa fantástica: Frankestein, El aprendiz de brujo o la película Seven abordan el tópico del conocimiento prohibido. En un libro sobre este tema, Roger Shattuck (1923-2005), catedrático de Literatura de la Universidad de Boston, en EE. UU., recordaba que Adán, Prometeo o Fausto sucumbieron precisamente por ser demasiado abiertos a la experiencia.

Pero tales amenazas no disuaden a las mentes temerarias. Las investigaciones de Zuckerman demuestran que quienes afrontan riesgos puntúan alto en otras facetas psicológicas: la imaginación, la fantasía, la sensibilidad al arte y la belleza, la receptividad a los propios sentimientos y emociones, la apertura al aprendizaje y la curiosidad. Y esas son, seguramente, las virtudes que fomenta la afición al terror.

Fuente -> https://www.muyinteresante.es