Oportunistas miserables

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Alguien me mostró el tuit de un diputado anunciando que presentaría un proyecto de ley para anular el billetaje electrónico porque los usuarios no consiguen las tarjetas. Necesitamos patriotas así, me dijo. Es triste comprobar cuán fácilmente se puede vender el populismo ramplón y oportunista como generosidad o amor a la patria. El verdadero patriotismo requiere de esfuerzo y honestidad intelectual. Los cambios de fondo siempre tienen un alto costo político, y solo quienes consiguen superar la comodidad del éxito inmediato y los sinsabores de la apuesta a futuro son capaces de impulsarlos.Del billetaje electrónico se viene discutiendo hace más de una década. Su aplicación permitirá saber con precisión cuántas personas usan el servicio, qué itinerarios completan los buses y con qué frecuencia, y cuál es la recaudación real de los empresarios transportistas. Es información vital para determinar el costo del servicio y, en consecuencia, el precio del pasaje y la necesidad o no del subsidio. En su ejecución, los proveedores de las tarjetas cometieron la estupidez de venderlas incluyendo en el precio el costo del plástico y un determinado saldo. Lo lógico hubiera sido entregarlas gratuitamente en los colectivos con el pago del pasaje tradicional, y descontar el valor del plástico con la primera carga. Esta torpeza generó un mercado paralelo para los especuladores. Compraron una gran cantidad de tarjetas y las retuvieron provocando una demanda insatisfecha, para luego revenderlas por el doble o el triple del precio. El problema se soluciona obligando a las proveedoras de tarjetas a inundar el mercado con los plásticos. Es más, deberían crear estímulos para que los usuarios personalicen las tarjetas de forma que ni siquiera sea negocio robarlas. Nada haría más feliz a los transportistas que el sistema fracase, manteniendo el negocio en el ámbito de las estimaciones. Proponer eliminar el billetaje electrónico ante el primer problema no solo es torpe y de una pereza intelectual lamentable, es buscar popularidad coyuntural a costa de sostener en el tiempo un modelo de transporte público que victimiza a sus usuarios. Esta misma actitud populista y cómoda se repite cuando se encara la mayoría de los problemas, postergando las soluciones de fondo o sacrificándolas en busca de resultados inmediatos, sin ningún efecto duradero. Doy algunos ejemplos concretos. En la educación ya nadie discute que la inversión en la primera infancia y en la formación de los maestros es la base sobre la que se construye un modelo de calidad. En la universidad, la clave del desarrollo es la investigación. Sin embargo, ninguna de esas áreas tenía fondos asignados en el presupuesto público. Por esa razón se creó un fondo especial, el fondo para la excelencia de la educación y la investigación, cuyos recursos solo se podían usar para esos fines. El problema es que ni la formación de maestros ni la educación temprana ni la investigación da resultados inmediatos. Los frutos se cosechan en el largo plazo. Por eso la abyecta clase política no ha tenido empacho en perforar el blindaje del fondo y sacarle más de 50 millones de dólares para que el ministro de turno pueda repartir cuadernos, lápices y víveres; y en las universidades ya no financien su gigantesca burocracia con los aranceles que les cobran a los estudiantes sino con el dinero que debería solventar la investigación. Para justificar la dilapidación de estos fondos, el Ministerio de Educación ha ninguneado tanto la formación docente como la primera infancia. Como no ejecuta sus propios proyectos, el dinero se acumula creando la oportunidad para desviarlo hacia otros gastos que debían financiarse con el pago de impuestos. Y esos impuestos, en vez de pagar lápices o merienda escolar, terminan fagocitados por la burocracia pública. Así funciona el populismo; hipotecando el futuro para garantizar hoy el reparto de la prebenda. No son patriotas, son oportunistas miserables.

Fuente -> http://www.ultimahora.com