Obama no fue un accidente

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Llegar a Obama fue el corolario de una larga lucha por los derechos civiles que, en términos de legislación, se concretó recién en 1964. Desde Martin Luther King, pasando por el Partido Pantera Negra y el líder musulmán Malcom X, cientos de miles de afroamericanos marcharon, protestaron y no pocos murieron en la lucha por abolir las leyes segregacionistas que los convertían en la práctica en ciudadanos de segunda.

En ese movimiento hubo desde protestas pacíficas hasta feroces enfrentamientos con la policía; e incluso algunos grupos más radicalizados que llegaron a pregonar la muerte del hombre blanco. Como era de esperarse, quienes pretendían mantener la situación inalterable centraron la crítica en la acción de los extremistas, atribuyendo la responsabilidad a todo el movimiento libertario y pretendiendo con ello deslegitimar la causa.

En teoría, ninguna ley impedía que un negro se postulara. En 1965, una nueva legislación derogó incluso las últimas reglamentaciones de ciertos estados del sur que restringían de alguna forma el sufragio. Debió pasar, sin embargo, otro medio siglo antes de que un descendiente de los 500.000 esclavos que habitaban los Estados Unidos cuando el país declaró su independencia se convirtiera en presidente. ¿Por qué?

Hasta los más radicales defensores de la “América blanca” reconocen hoy que para garantizar la equidad a la hora de disputar los espacios de poder no se puede limitar a derogar leyes segregacionistas. Se necesita desmontar toda una contracultura de prejuicios y discriminación y crear condiciones diferenciadas para los sectores relegados antes de poder hablar de una competencia justa.

No es solo un problema de la ley, es una cuestión cultural. Pregúntense ahora esto. En 242 años de vida independiente, uno de los países más democráticos y liberales del mundo, ¿cuántas mujeres presidentas tuvo? Exactamente, ninguna.

¿Por qué? Por las mismas razones, solo que en la mayoría de los casos agravadas. Enfrentar a ese modelo contracultural y sus nefastas consecuencias dio vida a los movimientos feministas. Su lucha permitió reivindicaciones tan básicas como el derecho a estudiar o a sufragar.

Hoy existen, cuanto menos, cinco grandes causas feministas; contra el asesinato de mujeres a manos de hombres (feminicidios), contra el acoso y el abuso sexual, contra la discriminación laboral, por la mayor participación en los espacios de decisión política y el siempre controversial tema del aborto.

El feminismo tiene millones de activistas. Algunas acompañan todas las causas, otras algunas y otras apoyan unas y son detractoras de otras. Pretender definir a todo este gigantesco movimiento por las acciones de unas extremistas, o considerar que hoy ya no tiene razón de ser porque “no hay una ley que las discrimine” es ignorar la historia y cerrar los ojos a la realidad.

Sin luchas no hay cambios. Obama no fue un accidente.

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Fuente -> http://www.ultimahora.com