Nuestra prole

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La explicación es simple: A más años de educación, mayor la deserción escolar femenina. La situación se agrava si hablamos de familias pobres y rurales. En el campo es muy difícil que haya condiciones para financiar la educación de toda la prole, y si hay que elegir las niñas, nunca son la primera opción. No es una cuestión de afectos sino de una concepción cultural que, a decir verdad, no se compadece de la realidad. De acuerdo con los datos del censo poblacional, en el país hay tantas o más jefas de hogar que jefes de hogar. Solo el 27% de los niños y niñas nacen en familias constituidas por padres casados. El 73% de ellos vienen al mundo en hogares administrados por madres solteras, separadas o divorciadas y padres con unión de hecho. Un reflejo de este fenómeno es la montaña de demandas por prestación de alimentos que se acumulan en tribunales. Otra construcción cultural equivocada es la del sentido de propiedad sobre los hijos. Los padres somos responsables de la protección y crianza de nuestros hijos, pero no somos sus dueños, nadie lo es (el Estado tampoco). Ellos tienen derechos que nosotros estamos obligados a respetar y las instituciones velar por que lo hagamos. Esa creencia absurda de propiedad ha derivado en cientos de miles de casos de violencia intrafamiliar normalizada culturalmente. La paternidad no otorga impunidad para ejercer violencia contra los hijos. No es mi derecho “corregirlos” haciendo uso de la fuerza. No es cierto que nosotros porque fuimos educados de esa manera somos una generación mejor. El estado fallido que soportamos, los partidos prebendarios que alimentamos y la corrupción que nos agobia son creaciones nuestras, por acción o por omisión. Y nuestros padres no lo han hecho mejor. Colectivamente, no hay mucho de lo que podamos jactarnos. Hay además otra situación gravísima. De la violencia física al abuso hay solo un paso. Y otra vez la estadística está ahí para probarlo. La cantidad de niñas víctimas de ataques sexuales, y el hecho de que en más del 90 por ciento de los casos sus victimarios sean hombres de su propia familia revela que este no es un delito común perpetrado por sicópatas. Si fuera así deberíamos concluir que Paraguay concentra el mayor porcentaje de sicópatas por habitantes del mundo. Obviamente, el problema es mucho más complejo y está relacionado con la idea de propiedad que tenemos los adultos con respecto a los niños y niñas, y la concepción de la mujer como un objeto de satisfacción sexual, una persona subordinada a los deseos y necesidades del hombre. Debatir estos temas puede parecer un ejercicio de entretenimiento lúdico, pero no es así. Estas construcciones contraculturales se ceban todos los días en cientos de miles de niñas y mujeres. Hoy, una niña nacida en la pobreza en una comunidad indígena tiene casi ninguna oportunidad de desarrollar una vida plena. Es casi seguro que apenas tendrá posibilidades de aprender Matemáticas, Ciencias o Letras. Deberá esquivar cientos de peligros en su propia casa y en su comunidad y si, por una cuestión del azar, consigue el prodigio de culminar sus estudios y acceder a la educación terciaria, será casi un milagro que consiga luego un empleo donde la traten como a un igual y le paguen como a sus pares. Estos son hechos, no fantasías, y debemos enfrentarlos. Es nuestra prole, no con un sentido de propiedad sino de responsabilidad. Que no nos ganen el miedo y el odio. Construyamos desde el amor.

Fuente -> http://www.ultimahora.com