no tiene alas, pero a veces vuela

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Evidencias que apoyan la transmisión por aerosoles

Pero también hay numerosas (numerosísimas) evidencias experimentales y datos empíricos que sugieren la importancia de la transmisión por aerosoles, al menos bajo determinadas condiciones.

Docenas de estudios han mostrado que –más allá de los procedimientos generadores de aerosoles como la intubación–, hablar –sobre todo en voz alta–, toser y estornudar producen aerosoles en los que el SARS-CoV-2 puede recorrer distancias mayores de dos metros y permanecer viable en el aire durante horas.

Aunque esto no demuestra la infectividad de los aerosoles, que depende de otros muchos factores, si deja muy abierta la posibilidad de transmisión por esta vía.

Del mismo modo, el estudio de algunos brotes en coros, restaurantes, autobuses, residencias y algunos otros lugares, sugiere la importancia de la transmisión por aerosoles en espacios interiores, sobre todo cuando no están bien ventilados.

Igualmente, el explosivo comportamiento del SARS-CoV-2 en algunos espacios cerrados, como las empresas (cárnicas), centros colectivos (residencias, hospitales, prisiones y otros), discotecas, transporte de larga duración, aun sin descartar la posibilidad de transmisión por gotitas, también sugiere fuertemente la transmisión por aerosoles.

En la actualidad ningún grupo científico niega la transmisión por aerosoles que, por lo demás, es ampliamente reconocida en espacios interiores mal ventilados. Las diferencias estriban en cuánta importancia se le otorga en el conjunto de la transmisión.

 

La transmisión por aerosoles puede tener implicaciones complejas

Admitir que los aerosoles tienen un papel generalizado en la transmisión del SARS-CoV-2 tendría un enorme impacto social y económico.

Primero, tendríamos que dar el salto a las mucho más caras y menos disponibles mascarillas con elevada capacidad de filtración de aerosoles (FFP2 o FFP3 en los estándares de la UE, N95 en los estándares de EE. UU., KN95 en los estándares chinos). Esto sería difícil en los países desarrollados y casi imposible en el resto del mundo. Quizás sembraría el pánico sin buenas alternativas de protección.

Más difícil todavía: también deberíamos revisar los sistemas de aire acondicionado. No solo los del transporte de personas (autobuses, trenes, metros, aviones), sino también los de centros comerciales y empresas. Estos sistemas no siempre serían adaptables al uso de filtros de alta eficiencia, dispositivos germicidas u otras tecnologías de control del ambiente. Probablemente también deberíamos emprender reformas estructurales en muchos edificios de uso público para garantizar una ventilación suficiente.

En estas circunstancias, y con el actual nivel de incertidumbre sobre la importancia global de cada vía de transmisión, parece razonable que la OMS y las agencias gubernamentales de protección de la salud requieran más evidencias a la transmisión por aerosoles que a la transmisión por gotas –abordable con medidas sencillas: distancia y mascarillas convencionales– o por fómites.

En esta última, más allá del lavado de manos, nadie tiene muy clara la utilidad del “teatro de la higiene”, mientras preocupa el impacto ambiental de tanto desinfectante, el gasto que podría ser más útil en otras medidas y la falsa sensación de seguridad.

 

Ventila y vencerás

Requerir pruebas suficientes a algunos aspectos concretos de la transmisión por aerosoles no debería estar reñido con abordar otros, sencillos y potencialmente muy beneficiosos. Estos requieren menos evidencia para su desarrollo y, sobre todo, dificultarían tanto la transmisión por gotas como por aerosoles.

Un ejemplo sería minimizar el número de personas que comparten espacios interiores y el uso generalizado de mascarillas y distancia en estos espacios.

Los espacios interiores, con más o menos aglomeración de personas (bares, restaurantes, metros, autobuses, trenes), incrementan el riesgo. Hasta 20 veces más. Una ventilación suficiente lo reduce ostensiblemente. En los centros colectivos, mantener ventilados los espacios habitualmente más cerrados, como habitaciones y baños, también ayuda. Reducir, en lo posible, la recirculación del aire es también buena idea.

Mientras muchas administraciones conservan la curiosa manía de cerrar los parques e imponer duras restricciones en playas, montes y calles solitarias, mantienen abiertos espacios interiores, a veces escasamente ventilados, con aforos importantes y en los que en muchos casos se obvia el uso de mascarillas.

Quizás va siendo hora de limitar menos las actividades al aire libre –evitando aglomeraciones y espacios muy tabicados–, que tienen mucho menos riesgo de transmisión que los espacios cerrados y, sobre todo, incorporar la ventilación como estrategia esencial en estos últimos.

Como en otros tiempos decían quienes vigilaban a los jóvenes en los bailes: “¡Que corra el aire!”.

Salvador Peiró (investigador, Área de Investigación en Servicios de Salud, FISABIO SALUD PÚBLICA, Fisabio)

Fuente -> https://www.muyinteresante.es