La Policía – Opinión – ABC Color

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El asunto de los efectivos de la Policía Nacional farreando con unos presos (dos presuntos narcotraficantes, un detenido por asesinato y secuestro y un presunto doble homicida) no debe terminar en un simple traslado del personal policial, una práctica muy frecuente en la institución cuando alguno comete una infracción o directamente viola la ley. El hecho que ocurrió en el Departamento de Investigaciones de Itapúa tomó estado público por “error” de uno de los contertulios al publicar imágenes en las redes sociales.

Los responsables de direccionar a la Policía Nacional, desde el ministro de Interior para abajo, deben imponer el concepto de respeto a la ley, a la institucionalidad.

Para pesar de muchos buenos policías –que también los hay– esta institución arrastra la fama de ser una de las entidades más corruptas de nuestro país. Una organización poco fiable, que se maneja por códigos de corporativismo perniciosos para la sociedad.

No es casualidad que en nuestro país las mafias del narcotráfico, del contrabando, del robo, hayan cobrado tanto poder en los últimos años. Los capomafiosos crecen y se empoderan a la sombra y protección de bandidos de uniforme.

Acciones como las que tomaron estado público, y que penas son una anécdota menor comparada con otros hechos que suelen tener como protagonistas a agentes policiales, le imprimen a la institución ese sello poco fiable, capataz de los delincuentes que mantienen en jaque a la ciudadanía.

Jamás construiremos una sociedad democrática, libre, justa, mientras las instituciones de la República, en lugar de constituirse en garantes de los derechos ciudadanos, sean una amenaza a la seguridad personal y a los bienes de la sociedad civil.

La Policía tiene un papel fundamental en la construcción de una sociedad democrática en la que imperen el orden y la seguridad. La sociedad pone en sus manos un arma, y le paga un sueldo para que lo proteja, no para que se convierta en una amenaza.

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