La peregrinación del coronavirus | , Atyrá

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Cualquiera que conoce la ciudad de Caacupé sabe que no es la fortaleza medieval española de Toledo ni la isla Yasyretã, que se puedan cerrar fácilmente al paso de la gente. Al igual que a la antigua Roma, todos los caminos conducen a esta pintoresca villa entre los cerros de Cordillera, en donde se encuentra la Basílica de la Virgen de Caacupé, patrona espiritual del Paraguay, que desde hace más de un siglo atrae anualmente a más de dos millones de peregrinos en torno a las festividades centrales del 8 de diciembre. Por más que se establezcan cordones policiales o militares en las entradas y salidas de la ruta PY02, o las vías que llegan desde Pirayú, Piribebuy, San Bernardino, Atyrá, Candia, Tobatí, aún quedan innumerables calles empedradas y caminos de tierra por donde ingresar. Es utópico creer que se puedan contener los flujos humanos que alcancen a llegar sin agendamiento previo ni protocolos estrictos a las actividades religiosas presenciales del Tupãsy Ára, que las autoridades nacionales y de la Iglesia Católica paraguaya han decidido llevar a cabo, a pesar de todas las advertencias ante la amenaza aún vigente del Covid-19. Somos moradores de una zona rural, a 15 minutos del centro de Caacupé. En estas últimas semanas en que de nuevo se realizan las celebraciones religiosas en modo presencial, hemos podido ver que las indicaciones de seguridad ante la pandemia no se cumplen. A pesar de que existen sectores de separación en la plaza de la Basílica durante las misas dominicales, debido al extremo calor, los cada vez más numerosos asistentes prefieren resguardarse amontonados bajo la sombra de los árboles. Cuando el oficio termina, se quedan allí, departiendo sin el uso de tapabocas, consumiendo chipas, gaseosas y butifarras, tomándose fotos sobre caballitos con los fotógrafos ambulantes. Los mismos hábitos de siempre, como si no existiera el Covid-19. Piensen en lo que será eso a principios de diciembre. Los protocolos que buscan imponer son de ciencia ficción y desconocen la realidad social de los sectores pobres del país. No me puedo imaginar a doña Facunda López, anciana pobladora campesina de una de las compañías rurales de Caaguazú, para quien su mayor anhelo es llegar cada año ante el altar de la Virgencita, intentando agendarse a través del acceso a la página web de la Diócesis, desde una zona en donde casi no existe conectividad para los teléfonos celulares. Mucho menos que, para llegar al Tupãsy Ykua, deba manejarse con un código QR, algo que nunca en su vida escuchó nombrar, desde un teléfono celular que ni siquiera tiene. La determinación de los obispos católicos y las autoridades nacionales de realizar a toda costa las festividades de Caacupé 2020 es, por lo menos, irresponsable. Sus mensajes de “vamos a hacer pero en lo posible no vengan” tienen un tono esquizofrénico. No aprendieron nada de la imagen del papa Francisco celebrando la Semana Santa solitario en el Vaticano, pero conectado a millones por la televisión e internet. Claro que lo virtual no deja la gran cantidad de dinero que sí dejan millones de peregrinantes. Deberán ser plenamente conscientes de que, así como están manejando la historia, esta será la peregrinación del coronavirus.

Fuente -> http://www.ultimahora.com