La pandemia paró producción artesanal de hostias

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El año que paró la producción de hostias. Así recordarán la pandemia del 2020 las hermanas del monasterio Nuestra Señora del Silencio y de la Santa Cruz, que tras más de veinte décadas, por primera vez, no se dedicaron a la elaboración masiva del pan destinado a la consagración para la festividad mariana de la Virgen de Caacupé, cuya celebración central es hoy, pero que este año se realiza a puertas cerradas y solo con transmisión de misas, a través de la televisión. La hermana Clara del Niño Jesús se coloca detrás de las rejas y, a cierta distancia, dice que se sorprende por la visita. No hay nada que contar, dice de entrada. Con un movimiento de la cabeza, responde que este año no elaboraron las más de 100.000 hostias para la fiesta mariana. Ni las más de 20.000 semanales. El tapabocas de color blanco solo deja ver los ojos de la hermana Clara, que revelan cierta resignación cristiana en medio de la pandemia, que dejó a las seis religiosas que viven en el monasterio sin su principal labor en estos tiempos. Esto les permitía obtener financiamiento para pagar el mantenimiento de la institución. Las máquinas industriales están paradas desde hace nueve meses. Atrás quedaron los días en que las hermanas elaboraban la masa con harina cuatro ceros y agua. El abastecimiento para Caacupé y la diócesis está en suspenso por la pandemia. “No nos falta la caridad de la gente. Siempre colaboran; algunos, muy pocos, pero colaboran. Por lo menos no nos falta qué comer”, cuenta la religiosa. Sus párpados se entrecierran, una sonrisa se dibuja debajo del tapabocas. Son las 11:30. Horario de rezo de las hermanas del silencio. Como medida sanitaria, la hermana Clara explica que no reciben visitas debido a que las religiosas que habitan el lugar, en su mayoría, son adultas mayores y forman parte del grupo de riesgo. EL SILENCIO EN PANDEMIA El año 2020 sumergió a las hermanas en un verdadero silencio sagrado en medio de cerros y bosques, en el monasterio consagrado a la paz y la oración, ubicado a siete kilómetros de Caacupé y a sesenta kilómetros de Asunción. La hermana Clara insiste en que no hay nada que mostrar, que las máquinas para cocinar y cortar las obleas están en pausa desde hace meses. “No se puede decir que uno pueda vivir de eso, pero era una de nuestras entradas. Sufrimos también el impacto”. La suspensión de las misas y posterior apertura con escasa cantidad de fieles a la Virgen impactaron en la producción de hostias. Pero no bajan los brazos y se dedican a la elaboración de velas y al servicio de hospedajes. ¿Está habilitado el hospedaje? “Está habilitado y por este mes ya está lleno. Y bueno, tenemos otra forma de sustento”. En un tono de resignación, dice que la pandemia vino a mostrar lo valiosa que es la vida. “Uno recuerda los buenos tiempos, estos también son buenos tiempos, a ustedes les digo como buenos cristianos. Aunque uno no se dé cuenta son buenos tiempos también, nos lleva a pensar en las cosas más importantes, valorar lo que realmente somos frente a Dios y a los demás. Cómo amamos a nuestra familia”. La hermana Clara sonríe con los ojos entre sus cortas respuestas. Es el horario de la oración. Se despide con un “Dios te bendiga”. El silencio envuelve al monasterio y la pandemia sigue su curso epidemiológico. Uno recuerda los buenos tiempos, estos también son buenos tiempos, a ustedes les digo como buenos cristianos. Aunque uno no se dé cuenta son buenos tiempos también, nos lleva a pensar en las cosas más importantes, valorar lo que realmente somos frente a Dios y a los demás. Hermana Clara, del monasterio de las Hermanas del Silencio.

Fuente -> http://www.ultimahora.com