La hora de marcharse – Opinión

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Hace cuatro años Donald Trump llegó a la presidencia proclamando que acabaría con lo que el denominaba el “pantano” de la clase política de Washington. A pesar de que desde la cuna perteneció a la clase social más privilegiada, logró convencer a buena parte del electorado de que era un outsider y el médium de la voluntad del pueblo.

13 de noviembre de 2020 – 01:00

Sin duda, su discurso populista aderezado con toques nacionalistas prendió entre muchos hasta el día de hoy.

Cuatro años después, el presidente tendrá que buscar otras avenidas para dirigirse a sus adeptos, pues todo apunta a que a partir de enero el nuevo inquilino de la Casa Blanca sería Joe Biden. Trump podrá continuar usando Twitter para diseminar su mensaje, pero ya como un ciudadano más.

Tampoco dispondrá de ruedas de prensa oficiales o discursos a la nación, pero podría aspirar a presentar otro reality o convertirse en un comentarista estrella de Fox News.

A fin de cuentas, es cuestión de llevarse consigo la patente del trumpismo y agitar a las masas ya no desde la plataforma del partido republicano, sino con su propia megafonía.

Pero es evidente que a Trump le cuesta mucho hacerse a la idea de que los electores, y no su soberana voluntad, son los que tienen la última palabra gracias a los votos que se cuentan minuciosamente en cada elección presidencial. Ya en 2016, cuando temía no ganarle a Hillary Clinton, lanzó el órdago de un presunto fraude electoral. Según él, el único escenario posible de una eventual derrota era si había un complot contra la integridad del proceso electoral en Estados Unidos. A nadie pudo sorprenderle cuando volvió a agitar esa falsedad en este ciclo electoral.

En la madrugada de la noche electoral el presidente afirmó desde la Casa Blanca que había ganado y que era víctima de un supuesto fraude en las urnas.

Por más que se le dé vueltas, su comparencia ya pertenece a los anales de la historia como uno de los hechos más insólitos y preocupantes de la democracia estadounidense. Por momentos parecía que un caudillo se había asomado al balcón. Pero se trataba del presidente de una nación que presume de tener los más altos estándares democráticos.

Horas después, cuando su adversario ya acariciaba la victoria, aunque pedía paciencia a los ciudadanos mientras se escrutaban los votos, Trump volvió a hablar. Aunque con tono más sombrío, nuevamente mencionó un supuesto fraude y se aventuró a decir que los votos a su favor eran los “legales” y los otros eran “ilegales”. Fue otro duro golpe contra las instituciones que sostienen la democracia.

Si finalmente Trump es el perdedor de estas elecciones, por mucha irritación que le cause deberá pasar por el trámite del traspaso de mando. No se sabe si se ajustará al protocolo que siguieron sus antecesores o dará un portazo antes de refugiarse en Mar-a-Lago, pero tarde o temprano se habituará a aparecer en Wikipedia como el presidente número 45 que acabó en la lista de los mandatarios que no ganaron la reelección. También pasaría a formar parte del puñado de presidentes que no ganó el voto popular.

El péndulo de la política se dirime en las urnas y la hora de marcharse siempre llega.

Todos los expresidentes aprenden muy rápido que hay vida después del mandato.

En el caso de Donald Trump, que más de una vez se ha quejado de que podría estar ganando dinero en vez de servir a la nación, le esperan sus negocios millonarios. O un show provocador con los ratings que tanto le importan. Seguidores nunca le faltarán. Eso ya lo ha demostrado. [©FIRMAS PRESS]

@ginamontaner

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