La fatiga como síntoma persistente tras la covid-19

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¿Cuándo consideramos que un síntoma persiste?

Se entiende como sintomatología persistente de la covid-19 aquella que se prolonga varios meses tras la resolución del proceso agudo de infección, manteniendo una intensidad que condiciona el día a día de los pacientes.

No se trata de un fenómeno inaudito, pues ya existía evidencia de que ciertos virus y bacterias podían provocarlo en el ser humano. Entre ellos, otros coronavirus responsables de los brotes que azotaron ciertas regiones del mundo en los albores del presente siglo.

Algunos ejemplos serían el SARS-CoV detectado en Asia durante el año 2003 (que acabó extendiéndose a otros países) o el MERS-CoV (Arabia Saudita, 2012).

Otras infecciones, como la del virus Epstein-Barr o la del influenza virus H1N1 (por citar algunas), también han demostrado su capacidad para generar sintomatología persistente.

En todos estos casos, la fatiga suele ser el síntoma más resistente a la remisión, lo que ha motivado la etiqueta diagnóstica genérica de fatiga postviral.

Las personas que la padecen refieren un cansancio generalizado, necesidad de reposo y dificultades para mantenerse en pie durante periodos prolongados. En algunos casos, la intensidad del síntoma alcanza una magnitud tal que imposibilita el desarrollo de las actividades diarias.

Todo ello se une a las dificultades de diagnóstico y evaluación implícitas a la fatiga por su profundo componente subjetivo. Esto puede contribuir a la frecuente sensación de indefensión y desesperación en la persona que los padece.

Qué sabemos sobre los síntomas persistentes de covid-19

En el caso del SARS-CoV-2, algunos estudios indican que el 87 % de los pacientes mantiene al menos un síntoma dos meses después de la detección del primero.

Incluso empiezan a publicarse estudios que comparan esta forma de presentación con la encefalomielitis miálgica, una enfermedad muy discapacitante y poco comprendida.

Al menos para un grupo de pacientes, la resolución de los síntomas iniciales solo es la primera piedra en el camino. Desgraciadamente, todavía es muy escasa la información de la que disponemos para explicarlo.

La citada persistencia se ha observado tanto entre quienes mostraron un cuadro leve como entre quienes tuvieron mayores dificultades durante el proceso agudo. No obstante, se ha documentado más frecuentemente entre mujeres y entre quienes fueron ingresados en unidades de cuidados intensivos. Estos últimos pacientes a menudo requieren un tiempo superior de recuperación.

La severidad de la enfermedad y el sexo, por tanto, podrían ser importantes para entender este intenso cansancio.

Qué hay detrás de la fatiga postviral

Las primeras hipótesis explicativas indagan en las respuestas inflamatorias e inmunológicas que surgen naturalmente durante los procesos infecciosos. Estos, de manera ocasional, pueden descontrolarse y derivar en una peligrosa tormenta de citoquinas.

Este mecanismo en el SARS-CoV-2 está acaparando la atención de los especialistas que buscan resolver la incógnita. La capacidad del virus de atravesar la barrera hematoencefálica, y ciertos factores genéticos mediadores, también podrían explicar la aparición de síntomas neurológicos de larga duración (como la fatiga).

Por último, existen investigaciones en las que se subraya el papel de problemas psicológicos secundarios (ansiedad, depresión, etc.) como factores que contribuyen a exacerbar la experiencia subjetiva de fatiga y que tienden a acompañarla mientras persiste.

Asimismo, muchos de quienes padecieron la enfermedad y sufren síntomas residuales refieren sufrir estigma social, producto del miedo y del desconocimiento.

Mientras la ciencia se prepara para dotar de recursos a las personas con dificultades persistentes, continúa siendo esencial informar a la población sobre la infección y sus consecuencias.

 

Fuente -> https://www.muyinteresante.es