Hitler aprende de (Estados Unidos de) América

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En el año clave de 1933, en plena batalla del grueso de la población norteamericana contra los terrores del crack capitalista de cuatro años antes, el periódico afroamericano Pittsburgh Courier comentó el hecho de que las universidades alemanas, infestadas de profesores y burócratas nazis, estaban transmitiendo las ideas científicas y pioneras de Grant (y Lothrop Stoddard) a las nuevas generaciones de estudiantes. Sus libros todavía gozan de buena salud en Amazon. Pero entonces el Courier sabía muy bien cómo titular sin corrección política, con la verdad: Hitler Learns from America.No fue el único diario de negros, ni mucho menos, que advirtió el carácter ejemplar del fascismo norteamericano, necesariamente autóctono para ser tal. Este debía y debe poseer (entre otras características típicas de sus orígenes europeos) el rasgo fundamental de identificación de un enemigo interno prioritario, distintivo. Algo que los alemanes entendieron rápidamente como contribución de sus pares estadounidenses, por medio de Grant, del Ku Klux Klan. Recién ahora el ensayismo norteamericano, después de la blonda, ahora melodramática aparición de Donald Trump, parece atender con propiedad aquella influencia secular de los abuelos y bisabuelos ideológicos de los seguidores del todavía presidente de los Estados Unidos. Más específicamente, en la persecución y exterminio de judíos en la Alemania nazi, nada menos. Sin embargo, los negros, los bajos fondos, las minorías y, otra vez, los pobres en general siempre supieron de qué se trata todo esto que el mundo vio durante el año pasado en los Estados Unidos y sigue viéndolo. El poeta afroamericano Langston Hughes lo resumió por aquellos años en un mitin antifascista: “En los Estados Unidos, a los negros no es necesario que se les diga qué es el fascismo en acción. Lo sabemos”. La clase trabajadora de sus ciudades, sus latinos, sus pobres, el blues de Robert Johnson y el ritmo de los algodonales, los personajes atribulados, migrantes y heroicos de John Steinbeck y de Toni Morrison, el hip-hop de los años ochenta (que recuperó la disonancia rebelde del jazz de los años cincuenta que tocaban los blancos cultos), las desgastadas cintas de rap que George Floyd grabó en los suburbios de Houston de los años noventa, antes de ser asesinado por un policía blanco en Minnesota el año pasado, el último lamento en Twitter de la doctora negra Susan Moore, antes de morir de Covid-19 hace unas semanas, tratada como una yonqui por un médico también blanco al que había suplicado le disminuyera los dolores, todas esas voces y esos lugares de la realidad y de la imaginación norteamericanas, todas ellas siempre supieron que el fascismo es un estado policial permanente, implacable… y existe. Un fascismo de orgulloso carácter nacional, cristiano y blanco, virtuoso a veces. Manipulado su miedo por un ególatra. Por algo el olvidado escritor también antifascista, James Waterman Wise, vaticinó en aquel entonces una frase que le atribuyen erróneamente a otro gran previsor de la novela norteamericana, Sinclair Lewis: “Cuando el fascismo llegue a Estados Unidos, estará envuelto en la bandera y llevará una cruz”. Bandera (esclavista) y cruz metiéndose pacíficamente por las puertas de la Casa Blanca en 2016, violentamente por las del Capitolio en 2021… como cotidianamente lo saben los más desde hace siglos. Bandera y cruz mezcladas como teología política y militancia, en todos lados.

Fuente -> http://www.ultimahora.com