¿Estamos en camino de alcanzar la inmortalidad?

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Ahora bien, aquí conviene diferenciar dos aspectos. Una cosa es cuántos años vayamos a vivir y otra bien distinta cuántos habrá valido la pena vivirlos por disfrutar en ellos de buena salud y calidad de vida. En las últimas décadas el aumento en esperanza de vida ha sido superior al aumento en esperanza de vida saludable y no podemos ser excesivamente optimistas. Empecemos por averiguar si la vida humana tiene, hoy por hoy, límites naturales que podamos rebasar significativamente en un futuro. Y en caso afirmativo, identifiquemos qué estrategias podríamos usar para alcanzar dicha meta. La biología del envejecimiento en el reino animal nos ofrece claves interesantes al respecto.

 

El envejecimiento en la naturaleza

El mamífero más longevo es la ballena de Groenlandia (Balaena mysticetus). El genoma de este gigantesco cetáceo, cuyo récord de longevidad se sitúa en 211 años, muestra diversas adaptaciones para evitar las enfermedades asociadas a la edad avanzada. En particular, el cáncer.

Algo parecido ocurre con la rata topo lampiña africana (Heterocephalus glaber), que puede sobrepasar los treinta años de vida. Esto es, casi ocho veces más de lo esperable en un roedor tan pequeño. Tales ratas, de hábitos sociales muy elaborados, evitan la exposición a los rayos ultravioletas al vivir en galerías. Además, en sus tejidos muestran altas concentraciones de una variante de masa molecular elevada del ácido hialurónico. Eso permite que su piel sea muy flexible (algo necesario cuando se deambula por galerías) y, como efecto colateral, proporciona una gran resistencia al cáncer y evita la sarcopenia (atrofia y perdida de masa muscular) con la edad.

Un tercer ejemplo es el murciélago de Brandt (Myotis brandtii), que pese a su tamaño diminuto (entre 4 y 8 gramos) vive más de cuarenta años. El secreto radica aquí en la hibernación, que da como resultado una baja tasa metabólica (más adelante veremos sus ventajas). Pero también en una mutación en la secuencia genética de los receptores de la hormona del crecimiento, la cual produce enanismo y aumenta la longevidad.

Finalmente, el vertebrado más longevo es el tiburón boreal (Somniosus microcephalus). Esta especie rebasa los cinco metros de longitud, creciendo como adulto a un ritmo de solo un centímetro al año. Por ello, la duración de la vida en los ejemplares más grandes podría exceder los cinco siglos, según sugieren las dataciones por carbono catorce del núcleo del cristalino de sus ojos.

Diversas especies de animales invertebrados tienen también vidas muy prolongadas y, además, no desarrollan signos evidentes de envejecimiento. Por ello, sus adaptaciones podrían servirnos de modelo no solo para vivir más, sino para retrasar la senescencia. Es el caso de la langosta americana (Homarus americanus), cuya longevidad extrema (rebasan los 100 años) y crecimiento continuo se asocian a una elevada producción de telomerasa. Es decir, de la enzima responsable de la reparación de los errores en el ADN. Y eso le permite prolongar indefinidamente la proliferación celular.

Otro ejemplo lo encontramos en la almeja de Islandia (Arctica islandica). Un ejemplar llegó a alcanzar los 507 años, según revelaron sus anillos de crecimiento (dendrocronología). La clave de su longevidad es una tasa metabólica muy baja, por lo que liberan menos radicales libres que oxiden las membranas celulares, combinada con una gran resistencia de sus mitocondrias a los efectos del estrés oxidativo. Además, los telómeros (extremos) de sus cromosomas no parecen acortarse con la edad.

Fuente -> https://www.muyinteresante.es