El natural oficio de matar personas

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Un estremecedor ejemplo es el de la grabación del asesinato de un joven trabajador de una vidriería de la ciudad de Pedro Juan Caballero, a las 13.20 del jueves. Roger Miguel Olmedo, paraguayo, de 21 años, se disponía a salir a almorzar cuando un hombre llegó hasta el lugar a bordo de una motocicleta, con el rostro cubierto por un casco, se detuvo y extrajo una pistola calibre 9 milímetros, con la cual efectuó varios disparos, tumbándolo al suelo. El video permite ver cómo el sicario dejó la moto y caminó hasta su víctima, apuntó y con profesional sangre fría le dio el tiro de gracia. Luego guardó el arma, recogió la moto y se alejó sin mostrar prisa. Hace poco más de una década leíamos en las páginas policiales de los periódicos sobre casos parecidos que ocurrían esporádicamente en aisladas zonas fronterizas, los clásicos “ajustes de cuenta” entre mafiosos. Ahora los vemos a diario en la pantalla del teléfono celular o del televisor, a poco de haber sucedido. Las muertes por encargo se han vuelto cada vez más comunes, ya no ocurren solamente en las zonas fronterizas y los motivos para contratar a un sicario incluyen desde venganzas por ofensas personales, represalias por negocios mal sucedidos hasta algún despecho amoroso. La expansión del crimen organizado y el narcotráfico, la corrupción, la impunidad y la crisis económica han logrado que el sicariato sea un oficio cada vez mas extendido y naturalizado en el Paraguay actual, tal como lo fue en Colombia en los años 80 o lo es también hoy en gran parte de México y otros países. “Yo no sé si el tipo es bueno o malo / solo sé que le tocó perder/ en el cielo está Dios, soberano / en la tierra, la orden del cartel”, dice una estrofa de la canción Sicarios que el panameño Rubén Blades grabó en 1999, dando voz a un asesino veterano que instruye a su compañero más joven, antes de partir en motocicleta a realizar un “trabajo”. “Colóquese al lado del chofer / y no piense en lo que va a pasar / no tenemos tiempo que perder / arranque al oirme disparar”. Es la versión musical de una escena que se había vuelto común en la Medellín del capo narco Pablo Escobar: Miles de jóvenes pobres reclutados en los poblados marginales para ser lanzados a las calles como asesinos a sueldo a bordo de motocicletas, con cascos tapando el rostro y una Uzi o una 9 milímetros bajo la campera, a la caza de sus víctimas en algún cruce de semáforos, en el frente de sus casas, al salir de un banco o una tienda.En una sociedad que ha ido perdiendo sus principios de defender la vida como un valor supremo, el sicario hace bendecir sus balas y le reza una plegaria a la Virgen antes de cometer un asesinato, tal como retrata Fernando Vallejo en su novela La virgen de los sicarios. Y en su ensayo Dios como sicario: la muerte violenta y el desorden teológico en Colombia, Germán Molina Garrido explica cómo la misma sociedad acaba justificando el crimen y la violencia, admitiendo la figura del “narco bueno”, el del poderoso “patrón” que vende muerte y extiende un imperio de corrupción, pero, por otra parte, ayuda a los pobres y es aclamado como empresario exitoso, electo como legislador o presidente, retratado como figura de farándula en los medios de comunicación. En Ciudad del Este y en Pedro Juan Caballero hay capos narcos que tienen réplicas de la Basílica de la Virgen de Caacupé en sus residencias y muchas personas acuden a rezar allí cada 8 de diciembre. Otro capo narco llenó su estancia en Yby Yaú de ángeles y páginas bíblicas. A este paso no solamente nos vamos acostumbrando al rentable y natural oficio de matar personas, sino que podemos terminar creyendo que los sicarios actúan con bendición divina.

Fuente -> http://www.ultimahora.com