Decálogo para unas Navidades (más) seguras

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Imagine que el humo del cigarro es el coronavirus

Este virus es silencioso y puñetero. Se transmite por vía aérea, por aerosoles. La transmisión por aerosoles se la tiene que imaginar como el humo del tabaco. Cuando alguien fuma a su lado, imagínese que el humo es el coronavirus. Lo respira como respira el humo del fumador. Después de estar un rato a su lado, toda su ropa huele a tabaco. Pues lo mismo es el coronavirus. Además, antes de que las personas manifiesten algún síntoma de la enfermedad (presintomáticos), pueden ser contagiosas. Y para complicarlo aún más, la mayoría de las personas infectadas nunca presentarán síntomas (asintomáticos), no sabrán que están infectados pero puede transmitir el virus.

La dosis infectiva, la cantidad de partículas virales que se necesitan para iniciar un infección, parece además que es muy baja. Todo esto explica el tremendo éxito que ha tenido este virus para transmitirse con tantísima velocidad por todo el planeta y que sea tan difícil de controlar.

Sabemos qué tenemos que hacer para minimizar el contagio (digo minimizar porque evitarlo completamente es casi imposible): evitar que el virus entre en nuestros pulmones (mascarilla), evitar la entrada por tocar objetos contaminados (higiene de manos), evitar respirar cerca de otras personas (distancia). Sabemos que lugares cerrados, con mucha gente, muy junta, con mala ventilación suponen un riesgo de contagio mucho mayor. Y sabemos que cuanto más levantemos la voz más partículas infecciosas podemos exhalar, por eso hay que evitar gritar o cantar. El factor tiempo también es muy importante: cuanto más tiempo estemos expuestos mayor es el riesgo de contagio.

Fuente -> https://www.muyinteresante.es