¿Cuándo no habrá más remedio que confinarse por la covid-19?

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Desde el primer momento hemos hecho hincapié en que todas y cada una de las personas en nuestra sociedad tenemos la responsabilidad de contribuir a contener la pandemia. Para ello debemos aplicar con firmeza las medidas de prevención de las 3M (mascarilla; manos-higiene; metros-distancia) y evitar las 3C (lugares cerrados poco ventilados; concurridos; y contactos cercanos).

Por otro lado, las autoridades debían minimizar la transmisión del coronavirus garantizando una buena red de salud pública y atención primaria, realizando pruebas diagnósticas ágiles y fiables (a partir de lo cual se aislarían los casos), y haciendo rastreos para identificar y seguir a los contactos (que deben seguir cuarentena).

A estas alturas la incidencia acumulada y la mortalidad siguen una preocupante tendencia creciente. A la espera de una vacuna segura y eficaz, es necesario establecer medidas adicionales que minimicen la interacción social y que actúen en otros ámbitos de potencial riesgo (como reducción de aforos o restricciones de acceso en hostelería o lugares de ocio). También resoluciones complementarias coercitivas como la “restricción de la movilidad por zonas”, el “cierre perimetral” de municipios o el “toque de queda” (en este caso para realizar un severo control de la movilidad nocturna).

Además, hay otra alternativa, que es aún más estricta, y que examinaremos: el confinamiento domiciliario de toda la población, ya sea tal y como lo vivimos en primavera o con algunos aspectos más laxos.

 

Marzo de 2020: el primer confinamiento de nuestras vidas

El confinamiento fue necesario en marzo cuando el tsunami del nuevo coronavirus asaltó a nuestra población y los servicios de atención médica se vieron desbordados.

En ese difícil contexto se aprobó de urgencia un Real Decreto declarando el estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por la covid-19. El objetivo era aplanar la curva mediante un esfuerzo de colaboración social para evitar el colapso del sistema de salud. Eso no quería decir que a la larga hubiera menos infectados, sino que no se acumularan todos a la vez. Además, se trataba de ganar tiempo de cara a establecer sistemas de respuesta pandémica para suprimir la transmisión después de la desescalada.

El confinamiento de primavera tuvo el efecto deseado en cuanto a que se aplanó la curva y se aplacó el golpe inicial. Sin embargo, sabemos que afectó a la salud física y mental de la población, a la par que perjudicó a la economía. Esto tuvo un gran impacto en las poblaciones más vulnerables. Además, la desescalada fue poco efectiva.

Por todo ello, se llegó al convencimiento de reservar el confinamiento (una medida rudimentaria, que ya se utilizaba hace siglos ante episodios epidémicos) para situaciones extremadamente justificadas. Lo anterior fue defendido por las autoridades del Ministerio de Sanidad y las Comunidades Autónomas que, en reunión del pasado 4 de noviembre, aprobaron unificar la lucha contra la covid-19 en un documento de estrategia nacional diseñado en el seno del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud.

El texto dejaba patente que descartaba el confinamiento domiciliario inminente. Lógicamente, no se hacía alusión explícita a desecharlo por completo.

Fuente -> https://www.muyinteresante.es