Compasión sí, pero con verdad

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Hay dos aspectos a tener en cuenta: el aspecto legal, que es justo y necesario cumplir, y la empatía. Por usar una figura bíblica a veces incomprendida, la ley garantiza en cierto sentido que solo se extirpe un ojo a cambio del ojo perdido injustamente. La ley del talión, ojo por ojo, diente por diente, es una ley justa porque pone freno a la venganza, que es una acción que nace de sentimientos de resentimiento, rabia, rencor, ya que suele ser desproporcional y ciega. La ley del talión es un principio jurídico que apunta a la justicia retributiva de reciprocidad para evitar excesos. Los niños suelen aplicar esta ley con gran naturalidad cuando, por ejemplo, en un juego alguien lastima a otro de una forma concreta, suele ocurrir que el culpable ofrece algo similar al afectado para dejar zanjada la cuestión y seguir jugando, no faltan negociaciones intermedias que muchos padres recordamos de anécdotas de nuestros hijos. El deseo de justicia, de castigo proporcional a la falta y la intención, se entremezcla con el miedo a perder el reconocimiento personal, de ser tratados como objetos de venganza. La ley encapsula jurídicamente todos estos presupuestos presentes en nuestras relaciones humanas. Y luego acatamos, pero en la medida en que le damos valor. Si en la familia se fomenta la impunidad, mediante la negación o la tergiversación de los hechos y la manipulación de la verdad, sin duda trastornamos nosotros mismos la conciencia y la sana madurez de nuestros seres queridos. Es bueno darle importancia al tema de la justicia, pero, sobre todo desde una perspectiva realista, sabiendo que todos estamos expuestos en ciertos momentos y circunstancias a cometer alguna injusticia. Reconocer y tratar de remediar nos hace crecer en humanidad. También la sociedad debe aprender a vivir una relación más madura con los que cometen errores e injusticias, si pretendemos fomentar el sentido de responsabilidad. El moralismo y las posturas ideológicas que fomentan el odio y la irracionalidad tratan de forzar la conducta solo desde la coacción de la ley. Y terminan asfixiando tanto que al final agobian. Por eso, tanto la desidia y la impunidad como el legalismo extremo deben ser combatidos por igual con un realismo dialogante, que escucha los condicionamientos y las circunstancias, pero que no deja impune. Para lograr este paso civilizatorio hace falta antes el riesgo de poner nuestra libertad en busca de la verdad de las cosas. Salir de nuestros presupuestos no es fácil. Confirmar nuestras hipótesis existenciales o rectificarlas no es sencillo. Necesitamos una educación familiar que no tenga esa actitud vergonzante o desconfiada ante la verdad. Debemos aprender a liberarnos de esa dictadura del relativismo moral o no alcanzaremos ni la justicia, ni la paz. Aumentarán las leyes, los lobbies, los presupuestos, la burocracia, pero el sistema colapsará. Es verdad, la compasión y la justicia pueden abrazarse, ya que no se oponen. Es posible incluso perdonar y, de hecho, hace bien a la persona que lo experimenta. Pero no podemos pretender vivir sin la correspondencia con los hechos, con la realidad, no podemos vivir sin verdad, y luego esperar que haya justicia o que surja la compasión. La misericordia solo con base en la verdad es sanadora para la convivencia. Ojalá retomemos nuestra parte en la familia, que es donde todo empieza.

Fuente -> http://www.ultimahora.com