Charlie Hebdo y una peligrosa época lucianesca

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Entre los sobrevivientes de aquel mediodía, con la mandíbula destrozada, inmóvil pero consciente, estaba el periodista y crítico Philippe Lançon. Como no era redactor de planta, sino un colaborador, podía haber estado en otro sitio. Solo minutos antes había llegado al edificio, montado en su bicicleta. Mostraba a un amigo un libro de fotografías de jazz cuando, de súbito, estaba tumbado y miraba desde una perspectiva inédita, sangrante, cómo se derramaban los sesos fugitivos e inexorables de su amigo. Varios años antes, cuando Roberto Bolaño (1950-2003) fue informado por el editor catalán Jorge Herralde de que Lançon quería entrevistarlo para el diario Libération, vaciló con cierta razonable duda. Accedió, sin embargo, a sentarse frente a Lançon. Al salir y contra todo pronóstico, el autor de Putas asesinas quedó encantado: “Fantástico, fantástico”, resumió. “Se había enamorado de Lançon”, contó Herralde.“Siento que le pasó a otro y ese otro ya no existe”, dijo el periodista el año pasado en España. Allí presentó la traducción de El colgajo (2018), su primera, exitosa y sanadora novela sobre los ataques, escrita sobre las ruinas de la risa.Pero la lectora francesa y asuncena de Charlie Hebdo me contó además algo paradójico. A la mañana siguiente del atentado del 7 de enero, el terrorista Amedy Coulibaly asesinó en la calle a un policía. Después se topó con un barrendero municipal, Laurent J. Este lo enfrentó, fue herido de gravedad, pero a principios de setiembre se sentó en el estrado para contarlo. Tras relatar los hechos, dijo algo todavía más clarificador: “Ya no tengo vida”, lamentó. Perdió a su pareja al año siguiente, luego de pasarse horas diarias saturado con violencia en internet. Él mismo mutó en un violento que no era. “De la noche a la mañana te conviertes en una roca”, resumió. Pero también recordó el miedo paranoico que sintió al enterarse de que uno de los atacantes había sido aprehendido, a fines del 2015, al pie de su edificio. Pensó que ISIS tenía sus oficinas en la planta baja. El público de la entonces sala rio, como si estuviera ante un gag de una película norteamericana. “No, no es gracioso”, cortó en seco Laurent J. “La gente se rio como se ríe en el cine”, comentó pasmada mi interlocutora, en Asunción. Una periodista francesa, unas líneas antes de transcribir el testimonio del testigo, comparó al yihadista con Jason Statham. La hollywoodización del trauma y del sufrimiento personal o colectivo parece superar la banalización del mal que dijo Hanna Arendt hace medio siglo. En eso radica lo interesante del testimonio del barrendero. El 26 de junio pasado, Philippe Lançon publicó en Libération una reseña de la nueva edición francesa de Yo el Supremo (Moi, le Supreme, Ypsilón, 2020). En su crítica, el hoy premiado novelista registra las conexiones de la novela con Cándido de Voltaire. La referencia es oportunísima. Yo el Supremo forma parte de una tradición que tiene, por lo menos, dos milenios. La de los diálogos escritos entre la seriedad y la comicidad. El padre de esta vertiente —la de Voltaire, Rabelais, Sade, todos personajes de Yo el Supremo— es el acerado sofista del siglo II, Luciano de Samósata. Él creía en los poderes filosóficos, precristianos de la risa. Cuando escribió la novela, Roa Bastos tenía a su lado una edición del Diálogo de los muertos.La risa de Charlie Hebdo es la misma que la de los diálogos de El Supremo y Patiño, de Alejandro Magno y Diógenes, de Gargantúa y Pantagruel. Esa risa es siempre perseguida por el poder, por la reacción, por el conservadurismo. Esa risa no es la misma risa con que se rieron del barrendero Laurent J. Una época lucianesca es siempre peligrosa para quienes ríen críticamente. Por eso hace quince días hallaron en París el cuerpo decapitado de un profesor que había mostrado caricaturas de Charlie Hebdo en clase.

Fuente -> http://www.ultimahora.com