Bibliotecas perdidas, exilios y maestros

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Poco antes de fallecer en 1998, Octavio Paz vio cómo un incendio consumió gran parte de su biblioteca mexicana. El padecimiento de esa pérdida, cuentan, apresuró su muerte. No pensemos ya en las cenizas a las que fueron reducidos los volúmenes de Alejandría en el siglo III o los códices mayas de Yucatán en el XVII, el padecimiento de los pueblos. Son profundamente traumáticos ambos hechos, el personal y el colectivo, con diferencias de grado.En Mis reflexiones sobre el guion cinematográfico (1993), Roa despacha así el destino de su biblioteca de Buenos Aires: “Regalé o vendí a vil precio todo mi tesoro cinematográfico y literario”. Fue en 1976, la víspera de su partida a Francia. Sus originales e inéditos, incluidos los de Yo el Supremo, los arrojó al fuego, confesó. Aquí se trataba más bien de escapar de un ambiente irrespirable (como el paraguayo de la posguerra civil de 1947), de otro sonido marcial y autoritario, el de la “guerra sucia” argentina. Otra imposición del sentido común y de sobrevivencia.De todas formas, por más fugitivo que fuere, un escritor no viaja sin lo mínimamente trasladable de sus libros. La ensayista Nora Bouvet cuenta: “Mirta Roa (hija del escritor) conserva algunos libros que pertenecieran a la biblioteca de su padre, algunos que encontró en el abandonado apartamento porteño, otros que él había llevado consigo a Europa y traído al Paraguay cuando se instala definitivamente en Asunción”. En la misma fuente, la compañera de la etapa argentina de Roa Bastos, Amelia Nassi, da otra versión del destino de por lo menos una parte de los volúmenes porteños. En el “tablón de algarrobo”, de tres metros de largo por cincuenta centímetros de ancho, Roa Bastos depositó unos cincuenta volúmenes básicos para escribir Yo el Supremo. “Antes de partir para radicarse en Francia en 1976, gran parte de esos materiales (libros, folletos, revistas) fueron embalados y depositados en una guardería, de donde nunca serían retirados, de modo que hoy esa biblioteca está perdida”, concluye Bouvet. Entre paréntesis, agrega un corolario: “Las bibliotecas parecen destinadas a perderse en situaciones de exilio”. Este humillante menoscabo bibliotecario fue, por lo demás, un apremio típico provocado por las dictaduras en escritores y escritoras de América Latina en la segunda mitad del siglo XX. En la primera, los españoles Pío Baroja, Vicente Aleixandre y Pedro Salinas, por ejemplo, debieron abandonar las suyas a causa de la Guerra Civil Española. El día que Aleixandre regresó a su residencia bombardeada de Madrid, el poeta que fallecería en las cárceles franquistas, Miguel Hernández, le entregó en una carretilla harapienta las cenizas de sus libros. La síntesis de las guerras y la cultura, de la vida individual atada a la de los pueblos.La obra de Roa Bastos fue de este último y dialéctico tipo. En Contravida, su novela del renacimiento y de la muerte, el maestro Cristaldo, fundador de Manorá, tiene una exigua biblioteca en su casa de la laguna. Solo los niños son capaces de ver cómo los personajes de pocos, pero doctos libros juntos, adquieren vida propia y son reales como el narrador, como el escritor. Esta pequeña biblioteca-para-la vida-y-para-la-muerte del maestro Cristaldo, enclavada en una utopía sin tiempo de la naturaleza, es acaso un homenaje a los libros esenciales, a los niños y niñas esenciales, a las bibliotecas perdidas.

Fuente -> http://www.ultimahora.com