Apego desordenado

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“Doña A… vengo a rezar contigo, estoy muy triste por lo que les hicieron a esos abuelos del Chaco y a sus nietitos”, le dijo una vecina llorando a mi mamá, cuando se enteraron del horrible crimen que conmovió a tantos y las dos abuelas largaron sus tareas domésticas para unir fuerzas con las víctimas. Luego nos enteramos de que no fueron las únicas, espontáneamente se vieron muchas manifestaciones de solidaridad y empatía con la familia afectada. En las redes sociales, mucha gente comenzó a expresar opiniones y un tema recurrente al que se asoció el cuádruple asesinato es el de la codicia. No faltó quien trajera a cuento la inseguridad y también el rol del Gobierno, así como la deshumanizada situación social de la gente que vive en el Chaco, casi olvidada del resto de los paraguayos, de los medios de comunicación y de la Justicia. A mí también me conmovió como ciudadana y educadora, como madre, y creyente. Así traté de hacérselo saber a los amigos cercanos a la tragedia. Pero, más allá del dolor y la impotencia, creo que vale la pena dejarnos provocar por esta realidad y considerar los factores en juego. Es, de hecho, urgente. Partiendo de los datos publicados, surgieron interpretaciones algo simplistas pero de moda, como echarle la culpa de la acción criminal a la pobreza o a la ignorancia. Pero, ¿estamos los pobres justificados para hacer el mal? ¿Es justa la codicia si está en el alma de los pobres?… Creo que no es un tema menor. Porque es evidente que estamos experimentando una ruptura grave del principio de respeto a la vida humana que debe sostener toda relación entre nosotros. Si el dinero vale más que la vida, todo está en riesgo. Y no hay Gobierno de turno que pueda subsanar los daños que se presentarán, si dejamos que crezca este pensamiento erróneo.Se ha relativizado tanto el valor de la persona –también la de los trabajadores y pobladores anónimos del Chaco– que hoy ha llevado a unos a matar a ancianos y niñitos para robarles el ganado, pero también está generando agrupaciones criminales seudosubversivas, mafia fronteriza, politiquería corrupta, etc. Esta desvalorización de la persona está muy ligada a la lógica materialista dominante que se interpone hasta en relaciones que por naturaleza deberían ser de las más puras y desinteresadas como las filiales y fraternales. ¡Cuántos de nosotros nos distanciamos de nuestros familiares por problemas de dinero, de herencia, de administración de bienes materiales! ¡Cuántos odios y resentimientos son transmitidos casi como dogma en ambientes supuestamente educativos por una interpretación reduccionista de la función de los bienes materiales en nuestra vida! Y no me refiero a que ante la pobreza o la injusticia debamos mantenernos de brazos cruzados, pero nunca podemos admitir medios intrínsecamente malos que prometen poner fin a los males materiales que nos aquejan. “Esto es lo que hace daño: la codicia en mi relación con el dinero… Te conduce a la idolatría y destruye tu relación con los demás. No el dinero, pero sí el apego, que se llama codicia”, explicaba el papa Francisco en una homilía y agregaba en justa balanza: “elegir la pobreza por la pobreza misma no sirve para nada; la pobreza es buena solo si combate el ídolo de oro”.“Es este el primer trabajo que hace esta actitud de estar apegado al dinero: ¡destruir! ¡El dinero destruye!… Te ataca. El dinero sirve para sacar adelante tantas cosas buenas, muchos trabajos para desarrollar la humanidad, pero cuando tu corazón sufre este ataque, te destruye”. “Y luego, esta codicia también te enferma, porque te hace pensar todo en función del dinero”, explicaba. Es muy fuerte y lo estamos experimentando en carne propia con este suceso y otros de gran crueldad. Creo que es un trabajo educativo inmenso pero valioso poner de nuevo la vida de las personas en el centro y no lo material.

Fuente -> http://www.ultimahora.com