5 citas célebres para entender el sexo

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Así, una interacción sexual necesita de la posibilidad de lo oculto,de la sordidez, de lo que en otro marco de comprensión no está legitimado. Tú no puedes insultarme o darme un cachete en el culo en la “vida real”, donde debe primar el orden y la ternura; pero en la tragicomedia del sexo la cosa es distinta.

Puede, al menos, ser distinta y debe, en muchas ocasiones, serlo. Actualmente, con relación al sexo pretendemos ser demasiado transparentes; hay un exceso de normalización, de regulación y racionalización de las eróticas. Los artilugios de estimulación genital ya se parecen más a esculturas de Brancusi: redondeadas, inofensivas, asépticas, sin atisbo de abismo en su belleza. Hasta el lenguaje en ese juego tan serio de interactuar sexualmente se pretende procedimentalizar, estableciendo qué se puede decir y qué no. Pero el deseo se alimenta de lo desconocido. Es por eso por lo que la puesta en acto de nuestra condición sexuada sigue exigiéndonos lo dionisiaco, lo que ama lo oculto, lo sórdido… Lo sucio. Es en esta situación cuando cobra sentido y nos produce una sonrisa otra frase de Allen que complementa la anterior: “Echo de menos aquellos tiempos en los que el aire era limpio y el sexo sucio”.

Eso, oído en boca de Marilyn Monroe, debía de sonar irresistible. Sin embargo, hay un error muy común de partida que, sin duda, le perdonaríamos a Marilyn: intentar comprender nuestra condición sexuada y sus procesos y actos consecuentes como algo natural, dando a entender que el sexo no debe estar sometido a los condicionantes, limitaciones, restricciones y tabúes que imponen la sociedad y la mirada del otro. Pero cometemos un doble error: creer que el hecho sexual humano es natural como lo sería, por ejemplo, el del buey almizclero, y creer que lo natural, lo que Dios quiere, la ley de vida es algo bueno y no algo que venimos intentando corregir por nuestra propia supervivencia desde el mismo momento en el que plantamos trigo, construimos una cabaña, descubrimos el antibiótico o creamos una vacuna.

Es nuestra propia condición de animales simbólicos, representativos y racionales lo que convierte al hecho sexual humano en un auténtico prodigio de complejísima comprensión. Todos nuestros procesos eróticos y nuestra sexualidad se ven muchas veces coaccionados y bloqueados por lo mismo que los constituye, dando, por ejemplo, lugar a las denominadas dificultades sexuales comunes–caída del deseo erótico, imposibilidad de alcanzar el orgasmo, disfunciones eréctiles, etc.– que no son explicables desde un punto de vista orgánico, sino por los miedos y la dificultad de comprensión que nos produce ser animales inmersos en la cultura. Pese a depender de unos procesos orgánicos que, en condiciones de no interferencia cultural funcionarían solos –como nuestra respuesta sexual–, tenemos la bendición y la maldición, además de la responsabilidad, de ser un proyecto abierto que tiene que ser limitado y coaccionado para poder materializarse. Así, pretender resolverlo todo con un “no le des más vueltas… ¡si el sexo es natural!” es tratarnos como a un ornitorrinco. Consideraciones aparte, el que alguien como Marilyn diga de esa manera que no tiene dificultades para interactuar sexualmente es como para derretir el acero. Curiosamente, ese efecto que solía causar Marilyn se debía, precisamente, a que era un ser humano y cultural con una condición sexuada muy poco natural.

Que nadie se lleve a espanto ni saque el sable de decapitar misóginos o el detector de opresiones heteropatriarcales, aunque la sentencia del bueno de Karl Kraus sea despreciable. Porque le vamos a dar la vuelta a la frase… Kraus era un defensor obstinado de las causas éticas que asolaban la Europa a caballo entre el XIX y el XX, y sabía perfectamente que las mujeres nos masturbamos, que no nos falta imaginación y que, por ello, el género de la sentencia podía pasar a lo masculino sin que la frase perdiera un ápice de agudeza.

Lo agudo de la observación y los motivos por los que la traemos aquí son dos: la reivindicación de la masturbación como una erótica propia, que se justifica por sí misma sin tener que ser un sucedáneo de nada, y la reivindicación de la imaginación a la hora de poner en acto nuestra condición sexuada. Lo primero, la absurda y milenaria condena moral que ha perseguido a la masturbación se debe a la persecución que han recibido todas las eróticas cuya finalidad no era la reproducción, o lo que en sexología llamamos el modelo del locus genitalis.

Así, cualquier erótica improductiva, desde la sodomía al voyerismo o el fetichismo, pasando por la masturbación, siempre han querido ser presentadas primero como un pecado, después como una patología y, finalmente, como una parafilia. Pero lo cierto es que la masturbación no es solo una erótica autónoma, sino que además es la herramienta más útil para el despliegue de nuestro proceso dinámico de la sexualidad. Además, la reivindicación de la masturbación es dar un portazo a la absurda entronización del coito como la erótica exclusivista, totalitaria y omnipresente que limita nuestras interacciones sexuales a ser siempre resueltas a empujones. También en la masturbación es donde se despliegan y se potencian nuestros deseos eróticos y nuestras fantasías sexuales. Allí, en ese lugar que Montaigne llamaba l’arrière boutique (la rebotica), todo sale de maravilla, lo bueno y lo sórdido, lo aprobable y lo reprobable, sin que por ello condicione nuestra realidad. Y todo esto lo sabía también Kraus, como sabía perfectamente que para cualquier interacción sexual hace falta mucha imaginación, pues no hacemos el amor sobre una cama, sino sobre ella, sobre nuestra imaginación.

Fuente -> https://www.muyinteresante.es